Los premios en la educación de los niños

Cómo usar las recompensas para educar a nuestros hijos

Sara TarrésPsicóloga Infantil

Recompensar el buen comportamiento en los niños no es malo si sabemos hacerlo adecuadamente, si huimos de los premios materiales y no lo aplicamos como un chantaje para que se porten bien. Se trata de elegir correctamente el tipo de recompensas, la frecuencia con la que recompensamos y por qué o bajo qué circunstancias lo hacemos.

Las mejores recompensas: las inmateriales

Madre besa a hija

Como padres implicados en la educación de nuestros hijos, en muchas ocasiones, se nos plantean dudas  respecto a si es bueno o malo premiar o recompensar el buen comportamiento de los niños. Y si lo hacemos, cuándo debemos hacerlo, con qué frecuencia o qué tipo de recompensas son las más adecuadas dependiendo de la edad.

Generalmente cuando hablamos de recompensar el buen comportamiento de nuestros niños pensamos en algo material, algo tangible como una chuchería o un regalito, olvidando que las mejores recompensas son las inmateriales: los elogios, los abrazos, el tiempo que compartimos juntos, ver una película compartiendo unas palomitas en el sofá de casa, explicarles un cuento, ponerles música y bailar un rato en el salón, …

Estos son las mejores recompensas que podemos brindar a nuestros niños, ya que además de reforzar su autoestima y les hace saber que lo que han hecho está bien y es lo que esperamos de ellos.

Las recompensas materiales, sólo de forma puntual

Es cierto también que a veces los premios materiales pueden ser oportunos de vez en cuando, como por ejemplo prepararles una comida especial que sabemos que les gusta mucho o llevarles al zoo o al cine por haber hecho algo muy bien. 

Si los premios materiales no se convierten en una costumbre o una obligación no hay ningún inconveniente en utilizarlos de forma puntual para reforzar una buena conducta, como  por ejemplo comprarle un libro después de pasar por un mal momento. De este modo es poco probable que nuestro hijo se acostumbre a obedecer simplemente para que le compremos cosas.

Claro está que habituarse a obedecer a base de premios puede hacer que nuestro hijo se convierta en un chantajista, pero usarlos de vez en cuando es una muestra de afecto que no tiene por qué crear hábito ni malinterpretarse.

Como siempre el sentido común es el mejor consejero. El objetivo es que el niño se sienta satisfecho y orgulloso de su buen comportamiento y que en un futuro sepa cómo comportarse por el mero hecho de saber que esa es la forma correcta de actuar.