La Mujer Dormida y el cerro Popocatepetl. Cuentos mexicanos para niños

Cuentos cortos y leyendas de México

Tonatiuh, el Dios Sol, vivía con su familia en el cielo allí donde no se conocía la oscuridad, ni la angustia. El hijo del Dios Sol era el príncipe Izcozauhqui a quien le encantaban los jardines.

Un día el príncipe oyó hablar de los lindos jardines del señor Tonacatecuhtli así que curioso fue a conocerlos. Las plantas allí parecían más verdes y los prados frescos y cubiertos de rocío. Al descubrir una laguna resplandeciente se acercó a verla y allí se encontró con una mujer que salía de las aguas ataviada con vestidos de plata. Se enamoraron de inmediato ante el beneplácito de los dioses. Pasaban el tiempo juntos, recorrían un cielo y otro. Pero los dioses les prohibieron ir más allá del cielo.

Leyenda corta mexicana para leer a los niños

Cuento mexicano de La mujer dormida

Los enamorados conocían el firmamento. La curiosidad por saber qué había bajo el cielo hizo que descendieran a conocer la tierra. Allí la vida era diferente. El sol no brillaba todo el tiempo, sino que descansaba por las noches. Había más colores, texturas, sonidos y animales que en todos los cielos recorridos.

Los príncipes, al descubrir que la tierra era más hermosa que los paraísos celestiales decidieron quedarse a vivir en ella para siempre. El lugar escogido para su morada estaba cerca de un lago, al lado de valles y montañas.

Los dioses, furiosos por la desobediencia de la pareja, decidieron un castigo. La princesa enfermó repentinamente, fueron vanos los esfuerzos de Izcozauhqui por aliviarla. La mujer supo que esa era la sanción de los dioses. 

La princesa, antes de morir, le pidió a Izcozauhqui que la llevara a una montaña con el fin de estar junto a las nubes, para que, cuando él regresara con su padre, pudiera verla más cerca desde el cielo. Fueron sus últimas palabras, después se quedó quieta y blanca como la nieve.

El príncipe caminó días y noches hasta llegar a la cima de la montaña. Encendió una antorcha cerca de ella, la veló, como si la princesa durmiera. Izcozauhqui se quedó junto a ella, sin moverse, hasta morir. Ella se convirtió en la mujer dormida (Iztaccíhuatl) y él en el cerro que humea (Popocatépetl).