Mi bebé prefiere el moisés

En casa, mi bebé tenía dos lugares donde dormir, un moisés y una cuna. Al principio, parece que cuanto más espacio tenga el bebé para moverse mejor. Pero lo cierto es que hasta que cumplen tres meses se mueven poco y no tienen necesidad de estirarse. Se sienten mejor cuando están acurrucados sobre sí mismos como si fueran un ovillo. Por cuestión de espacio, al decorar su habitación, había colocado allí su cuna junto con la cómoda de cajones, el sillón de lactancia y una mesita auxiliar muy práctica, que había colocado a la derecha del sillón de lactancia para dejar y recoger todas las cosas que necesitaba tener a mano.

La mejor postura de los bebés para dormir

Mi bebé prefiere el moisés

Cuando terminaba de darle de mamar, le cambiaba el pañal y cuando sentía que estaba tranquilo, limpio y a gusto, le colocaba en medio de la cuna y le invitaba a dormir una siesta. Me llamaba la atención que cuando volvía para ver cómo estaba, él se había desplazado hacia arriba y tenía su cabecita pegada a la chichonera de la cuna. Era tan pequeñito, que la cuna parecía demasiado grande para su tamaño y arrinconado como estaba en la parte superior, le sobraba colchón por todas partes.

Después de unos días observando aquel gesto de mi bebé, que me parecía curioso, decidí cambiarle al moisés, que estaba usando por la noche, porque me cabía en mi dormitorio en uno de los pasillos laterales, entre la cama y la pared. Así podía tenerle cerca y escucharle durante la noche. Sin embargo, durante el día usaba la cuna. En su cuarto, tenía el intercomunicador conectado y mientras él descansaba yo podía escucharle desde la cocina, el salón o el cuarto de baño porque me llevaba el aparato a todas partes.

Al cambiarle al moisés, empecé a notar que mi bebé estaba menos estresado y mucho más relajado. Arropado, arrullado, balanceado por su propio movimiento y en un espacio más acorde con su tamaño, mi bebé descansaba en paz. Me seguía sorprendiendo que trepara hacia la parte superior del moisés para pegar su cabeza contra la protección y decidí acostarle de ese modo.

A partir de ese momento, apenas le costaba conciliar el sueño, entornaba los ojos y hacía muecas de placer. Me sentía la madre más feliz del mundo. Estaba entendiéndole, me había expresado sus sensaciones y había respondido a sus demandas. Fue nuestra primera conexión, nuestro primer diálogo sin palabras, estábamos entablando lazos, estableciendo el vínculo y apenas llevábamos unos días juntos.

Con la cabeza junto a las protecciones del cabecero del moisés, mi bebé se sentía a gusto, gozaba de la sensación de protección del útero materno, tenía la cabeza sujeta y pegada al fondo, y estaba seguro y protegido. La tranquilidad y la paz que le proporcionaba esa sensación placentera le ayudaba a conciliar el sueño, a descansar mejor, a despertarse contento y a alimentarse con ganas. Había conseguido hacer feliz a mi bebé.

Marisol Nuevo.