Los miedos de la infancia

¿Os acordáis del cuento de "Juan sin miedo"? Juan logra casarse con la princesa por ser el más valeroso del reino, el joven que no teme a nada ni a nadie y que, una vez demostrada su gran valentía a todos los habitantes del reino, en la noche de bodas, se asusta con unos simples peces de colores que le echan encima con el agua de una pecera.
No existe nadie en el mundo que no tenga miedo, incluido nuestro Juan sin miedo del cuento. El miedo es un sentimiento natural y beneficioso para cualquier persona, sea niño o adulto, es como retirar la mano cuando sentimos el calor del fuego. Nosotros, los adultos y especialmente los que somos padres, no debemos ignorar ni dejar de atender los temores de nuestros pequeños, siempre sin angustias ni pesimismo de nuestra parte. Los miedos de nuestros hijos, fuera de preocuparnos en exceso, han de servirnos para predecir en ellos cierto grado de madurez, de la toma de conciencia que se ha producido en ellos, a través de su experiencia y sus recuerdos, de ciertos hechos desagradables que están al servicio de su instinto de conservación.

Temores y pesadillas
Personalmente, he vivido ciertos temores con mis hijos, desde las repetidas pesadillas, al miedo a la oscuridad o a la soledad y un auténtico pavor porque, en el momento del baño, el agua cayera por su cara. En este último caso (como suele suceder en casi todos los casos) la solución ha venido sola, durante este verano en el que, de él mismo, ha surgido la necesidad de meterse en agua de la playa y disfrutar junto a otros compañeros de juego, salpicándose. El único esfuerzo por mi parte ha sido tan fácil como intentar no mojar su carita cuando le lavaba el pelo, y proporcionarle la comprensión que él esperaba. Por supuesto, también pueden existir temores mucho más problemáticos y graves, que quizás deban consultarse con algún especialista, pero lo que ahora quiero trasmitiros es que vuestro hijo está madurando y reflejo de ello es el temor de perder a alguien o enfrentarse a algo o a alguien que pueda causarle daño.
A mi, lo que sin duda me produciría una inmensa preocupación, sería tener un hijo que no tuviera miedo a nada, una vivencia clara de este hecho lo habréis experimentado cuando vuestro bebé, al menos hasta los dos añitos, no dudaba en tirarse al agua de la piscina, cruzar la carretera, arrojarse sin avisar previamente a los brazos de su padre o sentirse atraído por todo tipo de objetos punzantes y peligrosos para su integridad física.
¡Ójala, que el miedo de vuestros hijos puedan sentir no os quiten el sueño!
Patro Gabaldon. Redactora.
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