Con el primer bebé, todo es una novedad, y cada cosa nos parece que debe ser realizada con el mayor cuidado y consenso posible. Por eso a veces tendemos a seguir a pies juntillas los consejos de los médicos y enfermeras, de nuestros familiares, de nuestros amigos y de las personas que pasan por el pasillo si opinan sobre algo... A mí nunca se me olvidará lo de abrazar el
recién nacido.
En mi primer
parto, me tocó una matrona que era una mezcla entre el sargento de hierro y la madrastra de
Blancanieves. Bromas aparte, era una persona con gran experiencia y no mucho tacto con las madres, y a mí me recomendó vivamente no coger al bebé en brazos más que lo imprescindible, para evitar que se acostumbrara y me tocara soportar largas noches de desconsuelo de un bebé malacostumbrado desde sus primeros días de vida a estar en
brazos de su padres.
Precisamente mi primer niño sufría de fuertes
cólicos, a lo que se unía unos poderosos pulmones, así que
lloraba desconsoladamente de forma que creo se debía de oír su
llanto a 500 metros a la redonda. Mi marido y yo nos deshacíamos en caricias y palabras suaves, y sólo cuando yo lo cogía para darle el pecho se calmaba mi chiquitín.
Ya con nuestro segundo hijo, aprendimos ambos que, las primeras horas o días
tras el parto, el bebé debe estar en brazos de sus padres todo el tiempo que necesite. Unos bebés son tranquilos y les basta el tiempo de
la lactancia, otros se asustan más, o tienen dolores de tripita, o cualquier otro problema que les hace demandar el calor de sus papás. Si este es el caso, no hay ningún problema en cogerlos, abrazarlos, darles calor, hacerles
sentirse seguros, cercanos al corazón de sus padres -eso calma a cualquier bebé que no tenga un serio problema de salud.
Quizá el bebé se malcríe a estar en
brazos de sus padres si se le cogen constantemente durante los primeros meses. Pero durante los primeros momentos de su vida, tras salir del vientre materno en que tiene todo lo que necesita y empieza a depender de acciones de terceros para no tener frío, ni hambre, ni sentirse sucio ni inseguro, los abrazos y las caricias de sus papás son para él la mejor ayuda posible. Esto lo dicta el sentido común; y cualquier madre del mundo lo corroboraría ante la sargento de hierro...
Patro Gabaldon. Redactora.