Hoy es el dÃa de los santos inocentes, un
dÃa dedicado a los niños, un dÃa para aprender a valorar la visión que los niños tienen del mundo y para intentar preservar esa mirada sencilla, alegre, crédula e imaginativa de nuestros hijos ante las situaciones que les rodean. Quizás nos apetezca volver a recordar cómo éramos cuando niños y
gastar una bromita al inocente de turno...
Pero además, hoy se presenta una excelente ocasión para
escuchar a nuestros pequeños ¡Seguro que quedaremos cautivados por su inocencia! Ellos nos enseñan más de lo que creemos. A mà me fascina observar esa gran
capacidad de aprender, su capacidad de sorprenderse y, sobre todo, la inocencia de sus razonamientos. Detrás de su inocencia habita la sinceridad de su corazón, de ahà que resulte tan hermoso a nuestros oÃdos el comentario inocente y sencillo de un niño. Los niños creen todo lo que les contamos, porque confÃan en nosotros y nos admiran.
La inocencia de un niño no refleja ignorancia, ingenuidad o falta de madurez, refleja la sorpresa, la ilusión,
la imaginación, su limpia y maravillosa manera de ver las cosas. Hace unos dÃas fui testigo de una improvisada
conversación entre un padre y su niño de 4 ó 5 años. Sentados tras de mà en un avión, un papá explicaba con cariño a su hijo cómo era el avión, cómo se echarÃa a volar por los aires, cómo salÃan las mascarillas, cómo se abrochaba el cinturón y cómo hablaba el piloto y las azafatas por la megafonÃaÂ… supongo que con la intención de tranquilizar y enseñar al niño aquella nueva experiencia. El pequeño, atendÃa a su padre con los ojos vivaces, con la boca abierta por todas las novedades que le contaba su papá..., atendÃa con mucha atención, miraba con curiosidad y toqueteaba todo con entusiasmo.
Todo esto ocurrÃa mientras despegó el avión y cuando ya estábamos muy alto, el niño miró con atención las alas del avión que se veÃan desde la ventanilla, se volvió sorprendido a su papá y preguntó: "Pero papá ¿por qué las alas del avión no se mueven, cómo puede volar?" En su
inteligencia inocente él esperaba que el avión volase batiendo las alas como si fuera un pajarillo.
Historias como estas las hemos vivido con nuestros hijos todos los padres del mundo, porque los niños son asà de maravillosos y especiales. Madurar no deberÃa suponer el abandono de esta capacidad de
respuesta sincera, el dejar de
aprender, el estar de vuelta de todo. Dejémonos sorprender y ejercitemos nuestra
curiosidad por las cosas, por las personas, por el mundo que nos rodea y, sobre todo, por la inocencia de nuestros hijos.
Patro Gabaldón. Redactora de GuiaInfantil.com