Los niños expresan sus celos de distintas formas pero muchos de ellos lo manifiestan a través de un cambio en su conducta. Se vuelven más desobedientes, más rebeldes, y más agresivos al punto de llegar a morder y/o golpear a su nuevo hermanito, quitándole los juguetes u otros objetos, molestándole en cuanto tenga una oportunidad. Para él, su hermano es su rival, ha invadido su territorio y le ha robado mucho del tiempo que tenía con sus padres. Así que es normal que él se sienta amenazado por su nuevo hermanito.
Otros niños, en cambio, se vuelven llorones, y se pegan a la falda de la madre en el intento de llamar su atención y de no perderla. Se sienten débiles, cómo si ya nadie se importase con ellos. Se reprimen y se vuelven profundamente tristes. Se niegan a comer, a jugar con los amigos, se niegan a todo, tomando una actitud rencorosa con sus seres queridos como forma de reprocharles por haber centrado su atención y cariño en el otro hermano.
Es común también que los niños celosos debido a la llegada de un hermanito, presenten algún retroceso en su desarrollo. Algunos vuelven a hacerse pis en alguna que otra ocasión, y otros llegan a pedir que les pongan de nuevo el pañal. Otros pueden volver a hablar de una forma más infantil, a chuparse el dedo, a exigir que su madre le devuelva su chupete, e incluso su lugar en una sillita de paseo y que le dé de comer a la boca otra vez. Son reacciones normales de la crisis que está atravesando. Y no hay mucho que hacer en estos casos. Ni alarmarse por lo que hacen, ni regañarles. Esta es su protesta y hay que comprenderla con paciencia y muchísimo cariño. Sólo se debe prestar atención a los celos cuando alteren la convivencia y sean persistentes.