A muchos niños les gusta jugar con los papeles, tener las cosas ordenadas, disfrutar de las
meriendas preparadas por los
abuelos, de las
fiestas de cumpleaños, el estar rodeados por la gente que le gusta, y de cosas tan simples como el beber un refresco con gas. A María también le gusta todo eso. Si no fuera por el autismo que le fue diagnosticado cuando tenía 8 años y por las constantes miradas de extraños a su peculiar
comportamiento, esta niña de apenas 12 años de edad, podría disfrutar de todo de una forma mucho más natural, sin reprobaciones ni cuestionamientos de los demás.