No hay nada que
un abrazo no cure. Eso decía siempre mi madre cuando discutíamos mis hermanos y yo, o cuando nos hacíamos daño por alguna caída, o nos entristecíamos por una mala nota. Y es verdad, el abrazo lo cura todo. Alienta y conforta incluso a un bebé que, por alguna razón, haya salido antes de lo esperado de la tripa de su madre. Me refiero a los
bebés prematuros.