Hay momentos de la primera infancia de mi hija que jamás olvidaré. Uno de mis preferidos era cuando, por las noches, me sentaba al borde de su cama, abría
un libro, y le contaba cuentos y más
cuentos. Al principio era algo incomodo para mí. Le leía el cuento y ella lo escuchaba hasta que sus ojitos se cerraban. Con el tiempo, ella empezó a preguntar, a sugerir otros desenlaces, a inventar otros personajes e incluso historias. Era realmente ¡Una gozada!