Después de centenares de
pañales cambiados a nuestros hijos, seguro que nuestra pituitaria está más o menos acostumbrada a los
malos olores: ahora somos algo más insensibles a esos sibilinos pedetes o
cacas olvidadas en el w.c. Sin embargo, me sorprende, la gran resistencia que tienen nuestros hijos ante el mal olor de una habitación repleta de zapatos y de
pies sudorosos, o caldeada de pedos, después de un menú de leguminosas.