Hace ya años que apenas recibo
felicitaciones de Navidad por correo ordinario; en su lugar, recibo correos electrónicos con
fotos de los peques de mis amigos o familiares "apañadas" con Photoshop, o incluso enlaces a
páginas web donde se puede encontrar de todo: duendes que bailan a casas montañesas bajo el cielo estrellado de invierno; parece ser que los
christmas de Navidad han perdido la personalización y el atractivo que tenían cuando éramos pequeños.
"Yo como, tú comes, él come, nosotros comemos, vosotros coméis, ellos NO". Pienso que nadie mejor que la poeta Gloria Fuertes, para decir tanto con tan pocas palabras. Y más que palabras también lo dice casi medio centenar de fotografías que componen la exposición "Niños de África" con la que Save the Children muestra la realidad de África a través de la mirada de sus niños.
Jamás me olvidaré de los despertares de mí hija cuando aún era un bebé. Era el momento más bonito de todo el día. Primero se movía, luego estiraba los bracitos, las piernas, y al abrir y coincidir sus ojos con los míos, me daba una sonrisa de oreja a oreja, y era como si me revistiese y me alimentase de energía y de alegría, y me pusiera las pilas. No existe nada más placentero, más potente, más contagioso que la sonrisa de un bebé, y aún más si este bebé es tu propio hijo. La sonrisa tiene un efecto multiplicador. Expresa alegría, y la transmite en doble a los demás. Sonreír es como encender la luz de nuestro rostro e iluminar a todos los que están al nuestro lado. Eso es lo que pasa cuando un hijo sonríe a su madre. Le produce una energía, un subidón natural tan grande que expertos del Hospital Infantil de Texas y de la University College londinense se unieron para estudiar los efectos de la sonrisa de un hijo sobre la madre.