Las mentiras de una madre

Conviene no repetir las mentiras con frecuencia para que los niños, que son muy listos, no duden de su veracidad. Estas mentirijillas propias de los padres tienen una finalidad: que los niños obedezcan. Algunas de las más comunes mentiras de una madre son: 'si me lo cuentas, no te castigo o levántate que ya son las nueve...' ¿Te suenan?

Embustes y falsas verdades de los padres

Madre con hijo

Seguro que, como yo, alguna vez te has visto obligada a contar a tus hijos algún embuste con buena intención para conseguir que espabilen, hagan lo que deben a tiempo o te digan lo que estás deseando oir. Algunas de las más célebres mentiras de las madres son, en realidad, buenos consejos como 'si te acercas demasiado a la pantalla de la televisión, te dañarás la vista', 'hace demasiado frío, abrígate que te vas a resfriar', 'deja de crujirte los dedos o te saldrá artritis', 'lávate detras de las orejas o te saldrán percebes', 'si te tragas el chicle, se te quedará pegado al estómago", 'si juegas con sapos y ranas, te saldrán verrugas' y el top ten de todas ellas, 'bájate que te abrirás la cabeza'.

Pero las mentiras que dicen papá y mamá no son todas tan inocentes como éstas, algunas salen directamente del alma y llegan al corazón. Enternecen por estar cargadas de amor y generosidad porque la entrega hacia los hijos, sobre todo, en tiempos difíciles ha hecho que muchos padres sacrificaran incluso su ración de alimento por entregársela a sus hijos.

Nunca podré olvidar una historia que leí hace tiempo basada en la peripecia vital de una madre abnegada y preocupada por sacar adelante a su hijo. A lo largo de toda su vida, tuvo que decirle unas cuantas mentiras que son el testimonio más grande de generosidad que he conocido jamás. Así, cuando el país donde vivían se recuperaba del desastre desvastador de la guerra civil, hombres y mujeres hacían largas colas para conseguir una pequeña porción de alimento. Cuando tras pasar toda la mañana esperando, esa mamá sólo había conseguido una pequeña porción de pan, ella se la entregaba a su hijo diciéndo: 'cómetela tú, que no tengo hambre'.

Poco tiempo después consiguió ganar algún dinero cosiendo pantalones. Para terminarlos y cumplir a tiempo con los pedidos, se quedaba a coser por las noches a la luz de una vela y cuando su hijo se desvelaba, ella le decía que 'se fuera a dormir tranquilo que no estaba cansada'. Tras la muerte de su marido, tuvo que desdoblarse y asumir el papel de padre y madre. Obsesionada por dar estudios a su hijo, su situación económica empeoró y su familia le aconsejó que volviera a casarse. Sin embargo, cuando su hijo le preguntó si lo haría, ella le respondió que 'no necesitaba más amor que el suyo'. 

Y finalmente, cuando ya anciana y enferma fue diagnosticada de cáncer, su hijo fue a verla. Al encontrarla tan débil tumbada en la cama, se echó a llorar. Viéndo las lágrimas en los ojos de su hijo, ella le dijo, 'no llores, si no me duele'.

Marisol Nuevo. Guiainfantil.com