Las vacunas NO causan autismo en los niños

Ni las vacunas llevan mercurio, ni provocan autismo en la infancia

Desde hace ya demasiado tiempo, algunos personajes públicos se dedican a realizar comentarios dañinos sobre las vacunas, probablemente con más ganas de generar decibelios ruidosos que otra cosa. En España, la controversia ha vuelto a surgir tras las recientes y desgraciadas declaraciones de un polémico presentador de televisión y locutor de radio.

Intentaré no enfrentarme a ningún famoso, pues ellos lo son y yo no. Ellos buscan notoriedad. Yo procuro permanecer en el anonimato aunque, a veces, me reconocen en mi propio pueblo y me preguntan qué son esas manchitas o cómo pueden hacer para que el niño deje de toser. Y respondo siempre con una sonrisa. Es mi profesión. No me cansa. Me dedico a promover y cuidar la salud de los niños. Es lo que sé hacer. Y lo hago encantado. Dejémoslo claro: las vacunas NO causan autismo en los niños.

El peligro de difundir mitos relacionados con las vacunas y el autismo en los niños

Vacunas no causan autismo en niños

No me interesa tener millones de followers, tampoco convertirme en un influencer, y mucho menos tener que firmar autógrafos o hacerme selfies con desconocidos cuando salgo al cine con mi familia. Pero si quisiera hacerlo, se me ocurren varias maneras de provocar a la sociedad para conseguirlo. Podría defender públicamente la mutilación genital femenina o poner en duda que los planetas giran alrededor del sol, afirmar que la masturbación produce ceguera, que las vacunas causan autismo o que si eres gay, estás enfermo. Y en cuestión de minutos, conseguiría millones de menciones en redes sociales. Eso es lo que importa hoy, venderse. Que hablen mucho de uno, aunque sea mal. Crecer con pies de barro. Llamar la atención para poder recalificar mi propio cuerpo, una vez más.

Y en estas estamos. La moda de ciertos personajes públicos en el siglo XXI es reavivar la llama de una polémica apagada. Que las vacunas producen autismo, dicen. Y no lo voy a desmentir yo aquí mejor que ya lo ha hecho Federico Martinón-Torres, ni tampoco mejor que Lucía Galán Bertrand, no vaya a ser que luego incluso me pidan, como mínimo, una disculpa.

Me parece completamente imposible dejarlo más claro que el Comité Asesor de Vacunas de la Asociación Española de Pediatría en su área dedicada a las familias. Pero para todos aquellos incrédulos que sospechen que una conflictiva nube de intereses comerciales planea día a noche sobre los pediatras, mientras nos bañamos en piscinas de oro blanco financiadas por la industria, que sean las propias asociaciones de pacientes las que hablen y desmientan la estulticia disfrazada de protagonismo a cualquier precio.

A cualquier precio sí. Porque cada padre convencido de no vacunar a sus hijos nos hace daño a todos. Y porque no todos cuentan con la suficiente capacidad crítica y ética de pararse a pensar un segundo lo que dicen. Porque ellos no han luchado frente a enfermedades que hoy ya no vemos, ni han sufrido los devastadores efectos del meningococo o el neumococo, bacterias frente a las que poco se puede hacer mientras las palabras de los antivacunas se ocultan entre las sombras de la ignorancia.

Cuando tenemos una desgracia en forma de difteria, entonces es mejor callar. No es un buen momento para ser influencer. Dejemos que pase el tiempo, que las neuronas del pueblo olviden y fijemos nuestro siguiente paso al estrellato. Y cuando caiga el próximo nadie levantara la mano de la culpabilidad, una vez más.  

Las vacunas, por si no lo sabían, ya no llevan mercurio desde hace tiempo. Mientras tanto, los casos de trastorno del espectro autista siguen aumentando. ¿Pero cómo es posible? ¿No era culpa del mercurio? Lo cierto es que ahora diagnosticamos con mayor precisión. Evidentemente, si mejora el diagnóstico, aumentan los casos notificados. Sigamos buscando culpables.

Pero busquemos relaciones causales, no temporales, pues entonces podremos culpar a las vacunas de todo, incluso de la existencia de algunos famosos. Nosotros seguiremos educando a toda la población, desde el respeto y la empatía, desmintiendo bulos y cuidando de la salud de nuestros pequeños pacientes. A ellos dedicamos nuestras vidas. Somos pediatras. Y somos provacunas.