Las razones por las que los niños no deben usar pirotecnia en Navidades

Peligros e inconveniencias de la pirotecnia para los niños y animales

Patricia Fernández
Patricia Fernández Redactora en Guiainfantil.com

Las tiendas de petardos se frotan las manos solo con pensar en las fiestas que vienen. De unos años hasta fecha las navidades se han convertido en una exhibición de fuegos artificiales, petardos y artilugios de todo tipo que explotan.

Pero, ¿realmente este festival del ruido y explosiones son divertidos para todo el mundo?

Te explicamos cuáles son las razones por las que no hay que usar pirotecnia en Navidades.

Por qué los niños no deben usar pirotecnia en Navidades

Las razones por las que no hay que usar pirotecnia en Navidad

Los padres arrasan las tiendas ávidos de pólvora para que sus hijos vean todo el arsenal que piensan desplegar en tan señaladas fiestas: petardos tan gordos como un plátano, luces que corren por el suelo buscando los pies de los niños, mini fuegos de artificio que estallan a pocos metros de nosotros… Pero, ¿realmente debemos usar pirotecnia?

Mi familia es muy dada a cargarse con un arsenal de pólvora cada 31 de diciembre como si no hubiera un mañana. Parece que la cena de fin de año es una simple excusa para que todos salgamos al patio a lanzar todo tipo de artilugios que explotan y hacen un ruido infernal. “Niño enciende tú la mecha, ¡ya verás qué divertido!” - dice mi cuñado a su hijo mientras el niño se tapa los oídos con cara de terror ante la última adquisición de mi cuñado ‘El megapetardodestrozaodios’.

Es imposible desincrustar al perro de debajo de los muebles de la cocina tras el primer petardo familiar, y el nuevo bebé de la familia llora desconsoladamente ante tanto festejo.

La idea de poner un poco de ruido a esa noche puede parecernos atractiva, incluso divertirnos, pero lo cierto es que no somos conscientes de las repercusiones, por no hablar del peligro, que tiene el uso de petardos.

Para empezar, los petardos son peligrosos, pueden fallar en cualquier momento y explotar antes de tiempo, todos conocemos alguna historia en la que un niño perdió un dedo o un ojo al intentar explotar un petardo en mal estado.

Tampoco es desdeñable el hecho que algunos fuegos artificiales salen disparados en todas direcciones sin saber cuál será su destino final ¿el perro del vecino? ¿la abuela que pasea por la calle con su nieto? ¿nosotros mismos?

Lo cierto es que, a parte del evidente peligro que entraña jugar con pólvora, hay otros perjuicios en los que quizás no hayamos caído. Hablamos por ejemplo de los niños con autismo, que tienen una alta sensibilidad auditiva y que incluso pueden llegar a experimentar una sensación de dolor ante el exceso de sonido.

Otro ejemplo son los bebés a los que hemos tenido en parihuelas durante toda su vida, hablando bajito para no despertarles, poniendo ojos recriminatorios a todos los amigos que nos visitaban y osaban reirse un poco más alto de lo normal, pero que la noche de Fin de Año decidimos obsequiar con cientos de decibelios ante la cara de estupor y miedo de nuestros bebés zen.

Y, no menos solidarios nos deberíamos sentir, con aquellos animales que no entienden ni de fiestas, ni de porqué hay que celebrar la vuelta completa de la Tierra al Sol, y que tienen un oído hipersensible.   

Lo peor es que muchas veces estos festejos se extienden a los 15 días de Navidades, con lo que se convierte en una auténtica tortura para todos ellos.

Deberíamos plantearnos unas fiestas diferentes y en solidaridad con todos. Seguro que encontramos alguna manera de celebrar la Navidad sin tener que jorobar al vecino.