¿Es posible aumentar las defensas del niño para evitar catarros?

Cómo funciona el sistema inmunológico del niño

Roi Piñeiro Pérez

"Doctor, deme algo para aumentar sus defensas… porque no es normal que salgamos a un catarro cada dos semanas."

Bueno, pues sí es normal. Se considera normal que un niño menor de dos años tenga hasta doce infecciones banales al año, sobre todo si va a la escuela infantil (la mal llamada guardería). Es decir: catarros, faringitis, gastroenteritis, otitis y procesos febriles sin un foco claro que se resuelven de forma espontánea. Sí, has leído bien: doce. Pero es que además, estas doce infecciones que se consideran normales no se distribuirán de forma homogénea a lo largo de todo el año, sino que tenderán a concatenarse unas con otras durante los meses más fríos. 

Cómo estimular el sistema inmunológico del niño

Cómo aumentar las defensas de los niños

De esta manera, es totalmente posible que su hijo se ponga malo hasta dos veces al mes en invierno. Es normal que empiece con los mocos en septiembre y los suelte en marzo, que la tos parezca interminable, que el día que ya no tiene mocos tenga las deposiciones algo sueltas y que, cuando ya todo parecía ir bien, venga la otitis.

Insisto, es normal. Tu hijo no tiene ningún problema con las defensas. Todo lo contrario, las está desarrollando. Su sistema inmunológico se está enfrentando a un sinfín de nuevas bacterias y, sobre todo, virus que viven en el mismo planeta que nosotros. Y hay que aprender a reconocer a estos microorganismos y a luchar contra ellos. Los glóbulos blancos también necesitan ir a la escuela, y el precio que hay que pagar por este aprendizaje son todos esos molestos síntomas y contra los que, pocas veces, hay que luchar. Olvídense de fiebres, mocos, toses y cacas. ¿Le han visto la cara a su hijo? ¿Sonríe? Pues eso, es normal. No tiene nada grave.

“Pues si es culpa del colegio, entonces no le llevo hasta que sea mayor y mientras tanto se queda en casa conmigo”. Es una opción, pero no olvide que solo estamos retrasando este inevitable enfrentamiento contra el mundo de los microorganismos. Antes o después, tendrá infecciones banales de repetición, tan molestas como necesarias.

“Vale, es normal, pero entonces ¿cuándo debería preocuparme? ¿Cuándo debería pensar que mi hijo tiene algún tipo de inmunodeficiencia?”. Por suerte, las inmunodeficiencias son muy poco habituales, se trata de enfermedades excepcionales. Si las infecciones de su hijo siempre terminan mal, ingresados en el hospital, necesitando múltiples antibióticos y conviviendo más tiempo con las batas blancas que con los peluches de la habitación, entonces sí es posible que algo vaya mal. No pida algo para las defensas, pida que le hagan un estudio del sistema inmunológico.

Pero si este no es el caso de tu hijo, tampoco pidas algo para reforzar las defensas, porque no hay, y si insistes te terminarán dando gato por liebre. Evitar cambios bruscos de temperatura, mantener una alimentación equilibrada, no fumar en presencia de los niños, ventilar la casa a diario, lavarse las manos antes de comer y después de ir al baño (y después de jugar en el parque), descansar de forma adecuada, correr, jugar, saltar y divertirse. Todo ello, aunque sea con los mocos colgando y con esa tos que parece de viejo, es lo que su hijo debe hacer para reforzar sus defensas. Y todo lo demás, no sirve, o al menos no hay evidencia científica de que sea efectivo. 

¿Quieres probar con la jalea real de tu vecino porque a él le ha ido bien? Adelante, no te digo que no pruebe. Tampoco te digo que no vaya a ser eficaz en tu hijo. Solo te digo que, científicamente, no sirve. Pero cada uno es cada uno, y a mí el zumo de naranja natural me sienta, por ejemplo, fenomenal. No os olvidéis de que, en el mundo de las enfermedades infecciosas, la mayoría de las veces la clave no está en el “bicho” en cuestión, sino en la respuesta que cada uno de nosotros establecemos contra el invasor. Es decir, la clave está en el huésped.