La razón por la que los niños se chupan el dedo

La causa por la que tu hijo se chupa el dedo

Según dice mi madre, ya nací con el dedo gordo dentro de la boca. Es curioso que son muchos los niños que ya se chupan el dedo dentro del vientre materno, así que yo me chupaba el dedo antes de ni siquiera abrir los ojos.

Desde que tengo recuerdos, el dedo fue para mí una segunda madre: me consolaba en los momentos difíciles, me arropaba en las noches de sueño, me protegía cuando tenía miedo y cuando tenía vergüenza, era mi amigo, mi consejero y mi mejor aliado, pero sobretodo, era mejor calmante para el ánimo que cualquier otra cosa en este mundo.

La razón por la que los niños se chupan el dedo

La razón por la que los niños se chupan el dedo

Mi padre se desvivía por que yo dejara de chuparme el dedo a todas horas. Me perseguía por la casa, me espiaba para regañarme, me daba guantazos en la mano para sacármelo de la boca, y yo veía como se le daban la vuelta a los ojos cada vez que me pillaba chupándome el dedo a escondidas, porque lo que estaba más claro que el agua, es que yo nunca quise deshacerme de mi querido amigo el dedo.

Mi madre, mucho más sutil que mi padre, intentaba mentalizarme de los efectos negativos que tenía el dedo en mis dientes y paladar, y lo feo que quedaba hablar con el dedo en la boca, porque, por supuesto, yo era capaz de tener largas conversaciones sin dejar de chuparme el dedo.

Me salió un callo en la articulación del dedo, donde mis dientes se apollaban, y los dientes de arriba se me fueron hacia delante; aún así no era suficiente para prescindir de aquella droga natural.

Efectivamente, la verdadera razón que se escondía tras que yo nunca quiera dejar de chuparme el dedo, a pesar de que mis amigos se riesen de mí, y mi familia me ridiculizarse en público para ver si así surtía efecto, es que el dedo era como una droga. Estaba totalmente enganchada a él, y me era imposible no dormirme o ver la televisión sin él en la boca. 

Mi madre intentó ponerme un líquido que sabía amargo en el dedo para que no pudiese chupármelo, y lo único que consiguió es tener a una niña llorando desesperada toda la noche, mientras me lavaba una y mil veces el dedo con todos los jabones que encontré, hasta que al final me lo metí en la boca aunque supiese mal.

El placer que me proporcionaba chuparme el dedo no era equiparable a nada. En el momento que me introducía el dedo en la boca podía desaparecer el mundo que yo me encontraba tan a gusto, segura, y en una nube de felicidad tal que daba igual las consecuencias que tuviera.

Seguí chupándome el dedo hasta los 14 años, momento en el que mi madre me llevó a un campamento de verano mixto. Por aquel entonces los chicos eran mi punto de referencia del universo, así que la vergüenza en este caso pudo más que el placer, y decidí atarme la mano a la cama con la funda de la almohada para poder deshacerme de aquella costumbre que tantos buenos ratos me había hecho pasar.

Finalmente, tras 15 días sin chuparme el dedo, le relegué a una extremidad de mi mano y sin más servicio que ser uno más de mis 10 dedos.

Todavía, con más de 40 años a mis espaldas, si me chupo el dedo, encuentro esa tranquilidad incondicional que nunca me ha dado ningún tranquilizante, pero claro, ahora ya no me parece bien retomar esa vieja costumbre.

En resumen, lo que quiero explicaros con esta historia, es que intentéis comprender lo que chuparse el dedo proporciona al niño. Por mucho que os enfadéis con él, si el niño no quiere jamás lo dejará, solo seguirá chupándose el dedo a escondidas.

Sí podéis animarle a dejarlo, explicarle los inconvenientes que tiene para él, incluso llevarle al dentista para que le disuada de algún modo, así llegará un momento en el que él mismo quiera dejarlo sin presiones.