El móvil está de moda entre los niños de tan solo 10 años de edad. En los colegios y entre sus amigos, es el
juguete más demandado. Para ellos, el móvil es el mejor regalo de cumpleaños, de
Primera Comunión, y el más esperado premio de final de curso. Solo para que tengamos una idea, una encuesta revela que en el año 2007, el número de niños de entre 10 y 15 años que disponen de teléfono móvil en España había aumentado hasta un 65%. Tres años antes, era de un 46%. Pero las consecuencias no tardaron en llegar. El uso desmedido del móvil por los niños ha cobrado víctimas. En Lleida, dos niños de 12 y 13 años están teniendo que recibir tratamiento psicológico por su adicción al móvil. Los menores padecían un trastorno de conducta que degeneró en fracaso escolar.
Lo primero que defienden los padres que deciden dan móviles a sus hijos es que se sienten más seguros cuando salen a la calle y que les tienen más controlados y vigilados. Sin embargo, según un estudio presentado en un congreso de psicología infantil que se realizó en Miami, EUA, estos padres no tienen consciencia del peligro que representa para sus hijos hablar con un móvil mientras cruzan una calle o caminan por una zona de tráfico. Los niños pierden la atención en el tráfico y pueden ser víctimas de
accidentes. A los 10 años, ellos todavía no tienen un desarrollo suficiente para concentrarse en la calle, se distraen fácilmente y se exponen a situaciones de alto riesgo. El estudio no plantea la prohibición del uso de móviles por los niños. Reconoce que en casos específicos de necesidad, como es el de una enfermedad, el móvil es un medio de control importante.

La directora del centro donde estudian los niños que se han enganchado a los móviles, revela que la adicción de esos niños por el móvil fue diagnostica cuando se comprobó que si se les quitaba el aparato, ambos tenían serios problemas para llevar una vida normalizada. Su dependencia había llegado a tal extremo que sin el teléfono los niños con conseguían realizar las tareas que se les solicitaba. Ambos disponían de teléfono para uso propio y sin ningún control por parte de sus padres. El que llevaba el aparato con tarjeta hacía lo que podía para obtener dinero con el que recargar el teléfono. Estaban pendientes de los móviles unas cinco o seis horas diarias.
Estamos en una sociedad en que los niños se aburren, se confunden, y buscan alternativas más rápidas e inmediatas para divertirse como
la televisión, la play-station, la Wii, las consolas, y ahora el teléfono que, insisto, no es un juguete. Los intereses, los deseos, las ilusiones de los niños han cambiado. Y la forma de educar de algunos padres también. Los juegos son más solitarios y por ello, tienen menos control. Todo se confunde.
El teléfono móvil no es un juguete, ni un juego. Es simplemente un aparato de comunicación y como tal un instrumento de necesidad. Es lamentable que se esté convirtiendo ya en una droga.