Echar sermones a los niños... ¿funciona?

¿Debemos sermonear a nuestros hijos ante un mal comportamiento?

Con la mejor de las intenciones, como siempre, sermoneamos a los niños con la esperanza de que ese monólogo en el que nos hemos situado dé los frutos que deseamos: que nuestros hijos nos obedezcan y se tornen más responsables.

Pero, echar sermones a los niños… ¿funciona? Respondemos a esta pregunta y proponemos algunas sencillas pautas para mejorar nuestra comunicación para que los niños nos escuchen. 

Sermones ante un mal comportamiento infantil: sí o no

Sermones a los hijos: sí o no

Es probable que en alguna ocasión, tratando de corregir el comportamiento de tu hijo, hayas recurrido al típico sermón, regañina o reprimenda. Todas ellas son formas habituales que los padres utilizamos intentando que los niños nos obedezcan o tomen, en un futuro, decisiones más acertadas. 

Sin embargo, sermonear a los niños, al igual que reñirles para que modifiquen su comportamiento, es una técnica poco eficaz con muy escasos resultados, tanto a medio como a largo plazo. Los sermones, igual que los gritos, reprimendas o regañinas, no ofrecen a los niños las habilidades o estrategias para modificar su conducta y por este motivo no resultan efectivos.

Los sermones bloquean la comunicación e impide que las relaciones entre padres e hijos fluyan adecuadamente. Los sermones, por más bienintencionados que sean, llevan un mensaje negativo implícito: el de la desconfianza. Desconfianza en lo que han hecho, en su capacidad de cambio, en su criterio, en sus posibilidades,… Esta desconfianza implícita en el sermón provoca que los niños se cierren en banda, dejen de escuchar, se pongan a la defensiva y se sientan resentidos.

En resumidas cuentas, echar sermones a los niños no funciona. No obstante, esto no significa que no debamos hablar con nuestros hijos o dejar de explicarles qué esperamos de ellos. Es evidente, que una de nuestras obligaciones como padres es proporcionar a nuestros hijos la oportunidad aprender tanto de lo que hacen bien como de aquello que han hecho mal. Pero debemos hacerlo explicándolo con claridad y hacerlo brevemente y no a base de sermones que proporcionan más información de la necesaria y les ponen a la defensiva.

Pautas para no sermonear y sí mejorar la comunicación con los hijos

Para dejar de sermonear debemos empezar por confiar en nuestros hijos y aprender a comunicarnos con ellos de manera más efectiva y positiva. Estas sencillas pautas pueden ayudarte a mejorar la comunicación con tus hijos:

- Usa un lenguaje adecuado a la edad y madurez del niño.

- Ponte a su nivel, mírale a los ojos cuando le hables, no lo hagas por encima de él. Para ello arrodíllate, agáchate o siéntate.

- Escucha lo que tiene que contarte. No caigas en el monólogo.

- Respeta su turno de palabra, no interrumpas.

- Confía en sus posibilidades.

- Permite el error y entiéndelo como una posibilidad de mejora.

- Pregunta sin que se sienta intimidado.

- No te precipites al dar tu opinión y juzgar

- Controla tus emociones e impulsos. Para y piensa antes de reaccionar negativamente ante un conflicto. Evita sermonear, amenazar, criticar o decir cosas hirientes.

- Cambia los mensajes “tú” por los mensajes “yo”. Por ejemplo, intenta cambiar el “Tú has vuelto a mentirme” por “Me siento mal cuando me mientes”. 

La educación y la crianza de nuestros hijos exigen grandes dosis amor y paciencia, pero también de límites y disciplina donde el diálogo nunca debe perderse ya que es clave para mantener una sana relación afectiva con ellos. Para ello los padres debemos esforzarnos por aprender a escuchar a los niños debidamente y hablarles con el lenguaje adecuado.