La hipercrianza provoca inmadurez y frustración en los niños

El problema de la hipercrianza, es decir, esa necesidad de solucionar todos los problemas de nuestros hijos, hasta el punto de anticiparlos, es un tema candente.

Su razonamiento podríamos resumirlo de la siguiente forma: lo quiero tanto que cuando veo que tal o cual cosa es un peligro o le puede hacer sufrir, como madre, o padre, entiendo que he de evitárselo, de igual forma que cuando tiene hambre le alimento o cuando tiene frío le arropo. 

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Sin embargo, la experiencia acaba demostrando que, además de ser una práctica que genera determinados niveles de estrés y agobio en los padres, esta hiperprotección provoca en los niños, entre otros, futuros problemas de frustración e inmadurez, ya que la vida establece con todos nosotros, en nuestra vida adulta, un diálogo que debemos saber hablar, y cuantas más palabras tengamos en nuestro vocabulario mejor; pero si en nuestra infancia no se nos ha permitido experimentar realidades como la negación, o la responsabilidad, palabras por otra parte muy usadas en la vida, nuestro lenguaje será más bien pobre.

No es un tema fácil, la razón apunta unas cosas pero el corazón parece tirar hacia otro lado. Yo propongo una visión que nos permita congeniar ambos aspectos, que consiste en ver a nuestros hijos como seres vivos, en un proceso de expansión del cual participamos, y podemos gozar, siempre que tengamos presente que dicha expansión ha de cumplir dos requisitos: que sea experimental, y propia.

- Experimental, porque, a modo de ejemplo, no van a aprender a andar a base de explicaciones, sino con la práctica, dándose unos cuantos culazos y recibiendo los estímulos y las ayudas adecuadas para acabar sosteniéndose por sí mismo; cogiéndole de las manos, sí, pero no llevándole en brazos. También algunos procesos fisiológicos hablan claramente en esta dirección, nuestro hijo ha de pasar experimentalmente por constipados y gripes para que su cuerpo “aprenda” por sus propios medios a relacionarse con determinados agentes patógenos generando los mecanismos de defensa que le permitan vencerlos;  y ese proceso es imprescindible si después se quiere llevar una vida normal.

- Propia porque su expansión, su crecimiento, no es un calco del nuestro, nosotros hemos recorrido un camino y tenemos una experiencia que aportarles, pero ellos no tienen porque pisar exactamente nuestros mismos pasos. Porque él, o ella, es el protagonista de su vida, y como tal se ha de asumir en todo lo que le suceda; si se da un golpe con una mesa, la mesa no es “mala, mala”, sino una oportunidad de darse cuenta de lo que ha pasado, para así evitarlo en un futuro. De esta forma, el papel relevante no lo tendrá algo externo, la silla, sino él, o ella, en tanto capacidad de darse cuenta, de aprender, y de manejar la realidad.

Respetando estos dos conceptos, la experiencia y el protagonismo, nuestra participación en este proceso podrá ser gozosa, en tanto disfrutemos (y, por qué no, hagamos nuestra) esta expansión en la que estamos, por decirlo así, a un lado, empujando, orientando y alentando, y no encima, siendo un peso. Así, en lugar de transmitirles miedo y prevención por peligros a menudo por venir, e inabarcables, compartamos con ellos día a día el gozo de su realización, el placer de vivir, y enseñar a vivir, la aventura de la vida.

Jordi Calm Guiteras

Asesor personal

Padres y Madres Conscientes