Cosas que cambian con la llegada del segundo hijo

Así cambia la maternidad del primer al segundo hijo

Cristina González

Cuando nos enfrentamos a la maternidad por primera vez todo es nuevo. Por mucho que nos preparemos para la llegada de nuestro hijo, leyendo, informándonos, escuchando a familiares y amigos, lo cierto es que en el momento en el que nos convertimos en madres empieza una nueva aventura.

Cuando nace nuestro primer hijo podemos sentir cierta sensación de vértigo por la responsabilidad de velar por su bienestar. Ese pedacito de nosotros mismos nos parece un pequeño ser muy frágil que necesita de nuestra atención en todo momento. Vivimos cientos de situaciones nuevas, que ya nos son conocidas cuando volvemos a ser madres de nuevo. Estas son las cosas que no vuelves a hacer con el segundo hijo.

Cosas que cambian con la llegada del segundo hijo

Cosas que cambian con el segundo hijo

Cuando nace nuestro primer hijo, sentimos la necesidad de estar pendientes de él siempre hasta el punto de no querer separarnos de nuestro hijo ni siquiera para poder hacer cosas tan cotidianas como:

- Ducharnos: ¡cuántas madres no se duchan a toda velocidad en 2 minutos o meten a su bebé dentro del baño mientras ellas se asea par poder vigilarlo desde la ducha! 

- Dormir: aunque nuestro pequeño esté completamente relajado y dormido estamos siempre alerta y nos sobrecogemos ante cualquier ruido o respiración que emita el bebé.

- Comer: ¡qué madre primeriza no ha comido en 2 minutos! La atención que dedicamos a nuestro primer hijo hace que necesidades básicas como comer pasen a ser secundarias.

- Preocupaciones: Cuando nuestro primer hijo tiene unas décimas, tose o vomita, enseguida nos alertamos y acudimos al servicio de urgencias médicas para descartar que algo grave le esté ocurriendo.  La alimentación de nuestro primer hijo se nos hace un mundo: ¿lo estaré haciendo bien?, ¿se habrá quedado con hambre?, ¿habrá echado los gases correctamente?…

¿Recuerdas todas estas situaciones? Pues bien, no se repiten cuando nos convertimos en madres por segunda vez, al menos no con esa intensidad. La experiencia que nos reporta nuestro primer bebé hace que con nuestro segundo hijo nos sintamos más seguras para afrontar este tipo situaciones que pueden parecer exageradas vistas desde fuera.

No quiere decir esto que nuestros siguientes hijos requieran menor atención que los primeros sino que con los siguientes esa inseguridad inicial que sentimos desaparece y sabemos cómo reaccionar ante ciertas situaciones que nunca habíamos experimentado antes de convertirnos en madres.  

Además a nuestro primer hijo podemos dedicarle más tiempo que a los sucesivos que tienen que compartir con sus hermanos la atención de su madre. Es por eso que, con el segundo hijo, se terminaron las mil y una clases de estimulación para el bebé, ya sea acuática o con masajes. Ya no hay esos baños largos y eternos jugando con el bebé en la bañera, comienzas a olvidar apuntar cuánto mide y pesa cada semana, su álbum de fotos es sensiblemente menor y cada vez que se cae no corres desesperada pensando que se ha partido una pierna. En definitiva, todo es menos angustioso y más conocido.