Historia que enseña que se ama igual a un hijo adoptado que biológico

Tras adoptar a un niño, Cristina decidió repetir maternidad y se quedó embarazada a los 46 años

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¿Se quiere igual a un hijo adoptado que a un hijo biológico? La respuesta a esta pregunta no te la vamos a dar nosotros, sino Cristina, una mujer que no quiso renunciar a su deseo de ser madre y decidió iniciar los trámites de adopción de Amanuel y, posteriormente, quedarse embarazada y tener a Valentina. Para ella da igual el modo en el que cada uno ellos, son sus HIJOS (con mayúsculas). 

El emotivo testimonio de una madre que muestra que se quiere igual a un hijo adoptado que a uno biológico 

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Por circunstancias de la vida, me planto en los 40, soltera, sin compromiso y sin hijos. No digo sin familia, porque mis padres, hermanos, cuñados y sobrinos somos una gran familia: ¡Los Esteban!

Un día decidí hacer realidad la maternidad. No me preguntes por qué, pero siempre supe que mi primer hijo sería adoptado y me puse manos a la obra. No dije nada a nadie, simplemente lo hice. En España la adopción nacional tarda del orden de los 7 u 8 años, así que me decidí por la adopción internacional.

Todo fue rodando. Como era monoparental, la mayoría de los países no me aceptaban, así que los países con más opciones para mí, en Castilla-La Mancha, eran India y Etiopía, con tan buena suerte que había una ECAI de Etiopía en Talavera de la Reina. ¡No tuve que pensar más!

Me aceptaron, y el 22 de diciembre de 2008, me preasignaron a mi hijo Amanuel. Le vi en foto por primera vez, tenía un mes… ¡No podía dejar de llorar! Yo pensaba que sería un niño de dos o tres años, pero era casi un recién nacido. Me costó hacerme a la idea de pañales, biberones, dependencia y, en esos momentos, el apoyo de mi familia fue total.

Desde que eché el primer papel hasta que tuve en brazos por primera vez a Amanuel pasaron 18 meses.  Tuve mucha suerte, lo sé. Me acuerdo perfectamente del viaje a ADDIS ABEBA en abril de 2009. Cada segundo desde la preasignación pensaba en mi hijo: '¿Cómo estaría?'

Esos meses fueron muy duros, pero por fin pude cogerle en brazos por primera vez y le di nuestro primer beso. No podía ni llorar de la emoción. Me miró, sonrió (no ha dejado de sonreír desde entonces) y, en ese momento, él lo entendio. Hoy tiene 10 años, y aún me dice por la noche: 'Mamá, ¿me cuentas cuando me cogiste por primera vez?'. ¡Nos encanta!

Éramos muy felices, y entonces, comencé una relación con el mejor papá, pareja, compañero, amigo del mundo. Ya éramos tres. También fue todo muy natural y lo hicimos oficial, así que, Luismi adoptó legalmente a Amanuel. Mi hijo tuvo que acudir al juez que, evidentemente, cuando Amanuel le explicó que su papá no estaba en el libro de familia y que él quería que estuviese, ¡nos dieron otro nuevo con todos juntos!

Tener un hijo biológico tras una adopción 

Pasó el tiempo y Amanuel quería un hermano. Lo deseó tanto, que (con un poco de ayuda de la ciencia y de la suerte, eso sí) con 46 años me quedé embarazada de Valentina. Fue un embarazo normal, disfrutamos todos mucho de ver crecer mi barriga. La peque se movía muchísimo y mi hermano me regaló un ecógrafo chiquito, así que muchas noches escuchábamos el corazón de Valentina los tres juntos, ¡qué ilusión! Amanuel aún sigue creyendo que Valentina está en este mundo porque él la deseó tanto que se le concedió el deseo...

Mis miedos eran dos: que todo saliese bien, por mi edad, y si sería capaz de querer a mi segundo hijo tanto como al primero. Solo el tiempo me demostró cómo se quiere a los hijos, al primero, al segundo, al que venga; y les quiero a cada uno con sus distintas necesidades, caracteres…

Y vino Valentina, la terremoto y, también, fue todo muy natural. ¡Era tan deseada por todos! El primer beso de Valentina también está dentro de mí porque los dos fueron el primer beso que das a tu hijo deseado y esperado, no es ni más, ni menos, ni diferente.

Valentina nació por cesárea, así que no pude hacer el piel con piel, lo hizo Luismi. No la di el pecho, así que en casa era una fiesta dar el biberón a la enana. Lo hemos compartido todo y, tengo que reconocer que darle una hermana a Amanuel fue lo mejor que pudimos hacer. 

Y a partir de aquí es la historia normal de cualquier familia con dos hijos. Ellos se adoran (y se chinchan), y aprenden a compartir y a convivir y a regañar y a hacer las paces... Todo lo que todos los padres de cualquier familia del mundo ya saben.

Como madre, no pongo etiquetas a mis hijos: negro/blanca, adoptado/biológico, guapo/feo, listo/tonto... Cuando miro a mis hijos, veo a mis hijos. Me preocupa su felicidad, su salud, los valores que me gustaría inculcarles. Me gusta su risa, sus locuras, el día a día, cuando duermen, cuando comen, cuando protestan... Disfruto contando cuentos, viendo películas todos juntos en el sillón, desayunando en la mesa de la cocina.

Hacemos frente a los problemas todos juntos y charlamos y opinamos. Y también regaño y pongo cara de enfadada cuando no se portan bien. Y está terminantemente prohibido mentir y esta norma es fundamental en nuestra familia, aunque Valentina no lo entiende muy bien todavía).

Y todo esto es mi día a día como madre con mis hijos, sin dar más importancia  a la manera en que han llegado a mi vida. Simplemente son HIJOS.

Puede que esta forma de familia no sea la habitual, vale, pero sí es normal, para nosotros es lo normal. Como madre tengo ese vínculo íntimo, interior de amor, esfuerzo y generosidad que los padres tenemos hacia nuestros hijos y que seguramente ellos no lo saben... Y te puedo decir que es igual de fuerte con mis dos hijos. Yo repetiría la maternidad, la de Amanuel y la de Valentina, me viniesen como me viniesen, ¡ellos son mi vida!

Adoptar es una decisión muy personal, pero es que tener hijos es algo muy personal. No creo que la pregunta sea si se quiere o se está preparado para adoptar, la pregunta es si se quiere o si se está preparado para tener hijos y una vez que se haya respondido a esa cuestión, entonces decidir cómo hacerlo realidad... El amor, el cariño, el deseo y la paciencia se encargarán del resto.

Texto: Cristina Esteban Santos