Cómo superar el miedo a no ser unos buenos padres

La clave es escuchar a los niños para que se sientan comprendidos

Ana Sendino
Ana Sendino Psicóloga

Una de las realidades cuando uno se convierte en padre o madre es que comienza a tener preocupaciones, que quizás no pensaba que tendría. Muchos expresan que desde que su hijo nace ya nunca pierden esa inquietud, aunque va cambiando conforme el niño va creciendo.

Durante la infancia, los padres tenemos miedos relacionados con la alimentación, con la salud física, con la forma con la que gestionamos las rabietas, con los primeros años en el ámbito escolar… Tenemos miedo a no ser unos buenos padres. Pero, ¿se puede superar este temor?

La clave para superar el miedo a no ser una madre o un padre perfecto

El miedo a no ser un padre perfecto, ¿cómo se puede superar?

Muchas veces intentamos encontrar soluciones clave a todos nuestros miedos que sean la respuesta a cierta dificultad con nuestro hijo. Cuando ocurra A respondemos B. Cuando ocurra C la respuesta es A. Desgraciadamente, esto no funciona así, y nuestro mundo es mucho más complejo. Por ejemplo: Un niño no quiere comer; en ese momento se nos ocurre cantarle una canción y el niño come; en otra situación similar intentamos cantarle esa canción que nos ayudó aquel día, pero el niño se niega.

Realmente con todo es así. Ser padres conlleva desarrollar la paciencia y la creatividad. Implica saber escuchar para poder dar la respuesta que el niño necesita en ese momento. Puede parecer algo complejo, incluso loco. ¿De dónde sacar el tiempo y la entereza, con todas las preocupaciones y cosas que uno tiene que hacer?

Realmente, parece insostenible. Pero si nos fijamos, es lo que nosotros como adultos pedimos a nuestros amigos y a nuestras parejas. No siempre necesitamos lo mismo, no siempre estamos de la misma forma. Diría que los adultos tenemos la capacidad de la palabra más desarrollada, y podemos hablarlo, aunque no siempre es así.

Poder escuchar lo que nuestros hijos necesitan y ponerle palabras a su estado emocional ayuda a calmarlos. Cuando se sienten comprendidos, suele ser todo más fácil. Luego están las otras opciones. Gritar, enfadarnos, desesperarnos… Seguramente este es el camino más rápido, pero a la larga es mucho más difícil.

Aunque al principio parezca contradictorio, escuchar cómo está nuestro hijo o qué necesita, es mucho más práctico: se sentirá comprendido y sentirá que nos importa. Entenderá que pase lo que pase, aunque muestre su peor versión, le queremos. Tenemos la oportunidad de mostrarle por qué hay comportamientos que no ha de repetir, de qué forma nunca conseguirá las cosas, pero siempre desde la aceptación y el cariño.

Podrá comprobar que no ha de ser perfecto, pero que puede mostrar su carácter, usar diferentes situaciones para validar su fuerza, su persona... Nosotros como adultos entenderemos que estas situaciones son las que van a hacer que nuestro hijo (y nosotros) crezcamos interiormente, gracias a la gestión de estos momentos de frustración y de comprensión de las emociones del otro.

Pero esto no funciona si se hace solo una vez. Ha de entenderse como una forma de educar, casi de comprender la vida. De estar ahí para el otro como necesitaríamos que estuvieran para nosotros.

Es bueno querer informarse, leer, aprender para intentar ser buenos padres y buenas madres, mejor persona. Pero no desesperemos si no encontramos la clave para que todo vaya sobre ruedas. Eso no siempre es posible. Quizás lo único certero sea compaginar toda esta información con tu intuición, tu persona y tu capacidad de conexión con quien tengas al lado.