Dónde está el equilibrio entre la madre tigre y la mamá gatita

¿Te has preguntado alguna vez si serías capaz de ser una madre tigre y educar a tus hijos de forma tan estricta como las madres chinas? A esta pregunta, me he contestado que no. Me sentiría mal obligando a mis hijos a lograr la perfección. Mi conciencia no estaría tranquila si les hiciera ver que no me conformo con una nota inferior a sobresaliente y les obligara siempre a trabajar duro, tanto como para que no haya tiempo para jugar al ordenador, ver la televisión o ir un fin de semana a dormir a casa de sus amigos.

¿Qué tipo de madre eres?

Madre tigre

"Vivimos en una sociedad algodonosa", decía hace poco Javier Urra en una entrevista exclusiva a GuiaInfantil.com. Esta sociedad que protege tanto a los hijos, de familias cuyos padres hacen todo por ellos, está dando lugar a generaciones "ni-ni" (ni estudian ni trabajan), y así es muy difícil motivar a los hijos en el valor del esfuerzo. Esta crítica constructiva de Urra viene al caso para comentar las ideas de una profesora de Derecho de la universidad de Yale, Amy Chua, que ha escrito el libro Himno de batalla de la madre tigre, sobre su creencia de que a los hijos hay que educarlos en una estricta disciplina que deja fuera cosas tan comunes y populares como que los niños se queden a dormir en casa de los amigos.

Esta hija de emigrantes chinos, nacida en EE UU y casada con norteamericano, defiende el estilo estricto de las madres chinas frente al estilo sobreprotector, según ella, de las madres occidentales. Según esta filosofía china, las madres occidentales seríamos una especie de gatitas dedicadas a ronronear a nuestros niños hasta que se duermen, mientras les ayudamos a crecer entre algodones. Así, según Amy Chua, "una madre occidental le dirá a su hijo que ha hecho algo muy bien la primera vez que lo haga y el niño perderá todo interés por volver a repetirlo, mientras que una madre china sabe que nada resulta divertido hasta que se domina. Hay que trabajar duro".

En cambio, a mi, el sentido común me dice que ni este tipo de educación espartana como la de la madre tigre ni la excesiva permisividad de la mamá gata son buenos referentes. Me imagino la tortura que puede ser tanto para mi, como madre, como para mis hijos, vivir en un sistema estricto cuyas reglas no permiten a los niños dormir fuera de casa, asistir a fiestas, participar en una obra de teatro del colegio, ver la televisión o jugar en el ordenador, elegir sus propias actividades extraescolares, sacar una nota por debajo del sobresaliente, no ser el número uno en todas las asignaturas (excepto gimnasia y teatro) o tocar un instrumento que no sea el violín o el piano, por ser los únicos que forjan carácter. Y es que estamos viendo que las sociedades permisivas y sobreprotectoras están generando adolescentes y jóvenes inmaduros emocionalmente.

Como decía Javier Urra, "estamos creando jóvenes de cristal, duros, pero fágiles". Por tanto, sabemos qué es lo que está pasando, pero ¿cómo podemos solucionarlo los padres desde nuestra pequeña parcela de casa con nuestros hijos? Esa es la clave de la cuestión. La experiencia nos dice que, en educación, los extremos nunca son buenos. Mientras que los norteamericanos llevan décadas educando a sus hijos desde la perspectiva de la autoestima por encima de los logros, la filosofía de la madre tigre sostiene que la práctica tenaz es necesaria para conseguir la excelencia. Por tanto, seamos cautos, marquemos límites, eduquemos en el valor del esfuerzo, aprendamos de unos y otros, pero quedémonos sólo con lo mejor de cada bando.

Marisol Nuevo.