Por qué NUNCA debes educar a tu hijo desde el orgullo y la soberbia

Estar orgullosa no es lo mismo que ser orgullosa (y esto acaba afectando a los niños)

Corrígeme si me equivoco, pero esto del orgullo es una especie de arma de doble filo. Quiero decir, sentirse orgullosa de haber logrado que tu hijo se ponga el pijama sin tener que decírselo cientos de veces, está genial. Ahora bien, cuando se trata del orgullo 'malo', ese que hace que te quieras llevar la razón y que de tu boca salgan frases como 'te lo dije' o 'ya te lo advertí', la cosa cambia mucho. Y es que, ante todo, debemos tratar de no educar a nuestros hijos desde el orgullo y de la soberbia. ¿Te cuento cómo lo hago yo?

Sentirse orgullosa como madre no es lo mismo que ser orgullosa

Cómo no educar a los niños desde el orgullo o soberbia

Eso de sentirse orgullosa u orgulloso es algo que nos gusta a todos. Por ejemplo, el orgullo de saber que tu pequeño ha sacado buena nota en su examen porque la tarde de antes le ayudaste a repasar. Y así con todos los ejemplos que vengan a tu mente, que no son pocos, y que hacen que quieras seguir en esa misma línea para sentir esa misma sensación de orgullo y de satisfacción personal que te dice, además, que lo estás haciendo muy bien con madre o padre.

Por otro lado, y aquí viene el kit de la cuestión, hay otro tipo de orgullo no tan beneficioso y más bien dañino, que no nos hace ningún favor a unos ni a otros. Hablo del orgullo de querer tener la razón, de ser más, de decir 'si me hubieras hecho caso...', 'si me escucharas eso no habría pasado' y que, en el fondo, por mucho que quieras, muchas veces no eres capaz de dejar de lado.

Dicen que el orgullo, ese en el que alguien se pavonea y alardea de algo, está relacionado con una baja autoestima. Puede ser. Yo me atrevo a decir incluso, si me lo permites, que ese orgullo de madres o padres está muy ligado a la inseguridad, al hecho de cuestionarse una y otra vez si lo estaremos haciendo bien y también al afán de que nada escape de nuestro control.

Qué hago para dejar a un lado el orgullo y la soberbia hacia mis hijos

Dejar a un lado el orgullo hacia mis hijos

Seguro que tú también lo intentas a toda costa, dejar de lado el orgullo, el que no vale de nada, a la hora de educar a los hijos. Cuesta, mucho, tanto que a veces sale sin que nos demos cuenta. Pero, créeme, no es imposible. ¿Por qué? Pues porque es un reto y todo reto puede hacerse realidad con esfuerzo y perseverancia.

¿Qué tiene de bueno apartar el orgullo y la arrogancia cuando se trata de educar a los niños?, ¿qué te llevas tú como madre y que le enseñas a ellos como hijos? A mí se me ocurre todo esto, pero seguro que habría mucho más.

1. Si tú dejas de lado tu orgullo, tus hijos se olvidarán del suyo. Si tus niños ven que sabes pedir perdón, que no te cuesta reconocer tus errores y que tienes la fantástica y maravillosa capacidad de aprender de ellos, tus niños harán lo propio.

2. Cambiar frases como: 'ya te lo dije', 'yo tengo razón y tú no' por estas otras: 'lo podemos hablar', 'te escucho', 'a la próxima lo podemos hacer de otra forma'. Son muy útiles, más de lo que te puede parece a simple vista. Nuestro lenguaje y vocabulario acompaña a nuestros hijos en sus emociones y les ayuda a construir la realidad que les rodea.

3. Olvidarse del orgullo propicia el diálogo. Seguro que tú también tienes unas ganas locas de que tus hijos te cuenten cosas igual que hace tu mejor amiga. O al menos que te cuenten algo de su día en el colegio. Pues has de saber, al menos así lo creo yo, que si apuestas por el NO orgullo, la comunicación será mucho más fluida.

4. El orgullo no ayuda a la hora de gestionar las emociones. Somos un ejemplo de comportamiento para nuestros hijos. Si dejamos que el orgullo mande, este es el mensaje que les transmitimos y, por lo tanto, entorpecerá con esa labor que tenemos todos en mente que es ayudar a los niños a gestionar sus emociones.

Cómo educar a los niños sin que el orgullo haga mella

El orgullo al educar a nuestros hijos

No es sencillo no dejarse arrastrar por las emociones desagradables. Tampoco lo es ser perfecto cuando llega el final del día, estás cansado y todavía queda hacer la cena, ayudarles con los deberes, recordarles que se tienen que poner el pijama, lavar los dientes, el cuento de buenas noches...

Tampoco ayuda lo de sentirse culpable: 'otra vez he dicho lo que no debía', 'he elevado la voz', 'pues vaya ejemplo les estoy dando'.

Lo que sí ayuda, y mucho, o al menos a mí así me lo parece, es el autocontrol; hablar de cómo nos sentimos, nosotros también, no solo los niños; decir 'lo siento' cuando así creamos oportuno; dar besos y abrazos, millones, todos los días; apostar por el diálogo; no olvidarse nunca de lo que es ser niño y recordar que nuestros hijos solo saben ser precisamente eso, niños, todavía no se acercan, ni de lejos, a ser adultos, ¡y que sea así por mucho tiempo!

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