Cómo de estrictos han de ser los horarios de comida de los niños

El riesgo de no poner rutinas de comida a los niños

Los niños necesitan una estabilidad en sus horarios de comidas, al igual que necesitan estabilidad en el resto de sus actividades, ya sea la hora de acostarse, el baño o las siestas.

Por lo tanto, ¿qué ocurre si no existe una rutina o unos horarios de comida de los niños? Te contamos cuán perjudicial puede ser tanto física como intelectualmente a nuestros hijos.

¿Los horarios de comida de los niños han de ser estrictos?

Horarios de comida de los niños 

Es preferible puntualizar que, cuando hablamos de estabilidad, hablamos de horarios relativamente flexibles, pero no tanto como para que el niño pueda variar su hora de irse a la cama de las 7 a las 11 de la noche, o la de comer de la 1 a las 3 y media de la tarde, ya que, así, lo único que hacemos es perjudicar el ritmo biológico de su organismo, o lo que se conoce como ritmos circadianos. 

Los efectos de la alteración excesiva del horario de la comida pueden observarse tanto a nivel físico como a nivel intelectual en nuestros hijos:

- A nivel físico este desbarajuste de su metabolismo, hace que, si el cuerpo no recibe comida a la hora a la que está acostumbrado, pida comida “entre horas” –el típico picoteo que al final no supone más que comida poco saludable- o entre en modo de ahorro de energía, estimulando el metabolismo de almacenamiento de grasas. Además, la costumbre de comer a una hora determinada supone un ahorro de energía, ya que el estómago sabe cuándo debe producir jugos gástricos y está preparado para la digestión.

- A nivel mental estamos estableciendo unas rutinas que el niño adopta de manera natural, sin ver algo estricto en ello, y que puede ser beneficioso de cara a su vida adulta. Sin embargo, variaciones de media hora arriba o abajo de su hora habitual de comida, no desencadenan, al menos de manera apreciable, ningún efecto negativo.

Las rutinas en la infancia

Lógicamente, no es posible mantener una rutina de horarios de comida, de siestas y de baños los 365 días del año, porque siempre hay celebraciones familiares, cumpleaños, Navidad… es decir, días en los que, por mucho que nos empeñemos, mantener los horarios habituales se convierte en una tarea imposible a la par que desagradable para todos.

En estos momentos es mejor dejar a un lado las preocupaciones y relajarse, ¡un día es un día! Mientras que estos días sean la excepción y no la norma en la vida de nuestros hijos, no estamos haciendo ningún daño sino más bien al contrario. Disfrutar con la familia de los momentos especiales y no mantener al margen al bebé o al niño es tan beneficioso emocionalmente para él como puede ser mantener su rutina a diario.  

Hay que buscar el equilibrio entre ambos y disfrutar con nuestros pequeños esos momentos tan único e irrepetibles, intentando después volver a la rutina con naturalidad y sin forzar.