Por qué no debemos poner límites a los niños con discapacidad

Sabemos que toda la infancia es una etapa de descubrimientos, donde el niño toca, conoce, reconoce y se relaciona mediante el juego, para aprender y adquirir habilidades motoras, de lenguaje y sociales que le ayudan a su desarrollo vital. 

El juego es un instrumento y recurso de gran efectividad, ya que impulsa el desarrollo del niño en todos estos aspectos aprendiendo mediante su propia experiencia. Esa exploración del mundo se puede ver alterada si el niño tiene una discapacidad física, puesto que ésta conlleva, muchas veces, un conjunto de limitaciones motoras que dificultan la exploración del entorno de la manera convencional.

Deja que tu hijo explore a pesar de su discapacidad

Discapacidad y juego

Muchas familias pensarán: “Si, pero llevo a mi hijo a rehabilitación y a estimulación multisensorial.” Así y todo, me pregunto: ¿Es lo mismo para un adulto ir al gimnasio que ir de excursión con los amigos? Obviamente, estaréis de acuerdo en que la motivación no es la misma en un caso que en el otro.

Lo mismo les pasa a los niños con diversidades motoras. Como cualquier niño necesitan jugar solos y con otros, sea de la manera que sea. Y es que, si los dejamos, en un entorno seguro como cualquier niño, obviamente; ellos mismos buscan estrategias y maneras para moverse, explorar y conseguir el juguete que les llama la atención, ya sea de rodillas, gateando o volteando. Esta libertad de buscar formas propias para conseguir su propósito, como puede ser en este caso llegar a un juguete, fomenta el desarrollo motor e intelectual del niño y, a su vez, le estamos dando oportunidades de divertirse a través de la automotivación como cualquier niño de su edad.

En cambio, si proyectamos nuestro temor a que se haga daño, protegiéndolo y, sin querer, limitando su interacción sólo a una estimulación controlada y rehabilitadora, en cierto modo, lo estaremos privando de una exploración innata que, en la medida de sus posibilidades, puede facilitar una mejora en su movilidad, emocionalmente una mayor autoestima y una ilusión propia por seguir avanzando.

Recuerdo que, a los 5 años, gateando en el parvulario de la escuela especial, veía a dos compañeros subir por el tobogán de madera que había dentro del aula. Yo soñaba por llegar hasta arriba como ellos, pero por mis distonías espásticas, por mucho que lo intentaba todos los días nunca lo lograba, puesto que, al poco subido, resbalaba hacia abajo. Un día, se me ocurrió pedirle a la terapeuta que me diera una cuerda y que me enseñara a hacer nudos. Poco a poco fui haciendo nudos en toda la cuerda, quizás hacía 2 al día, pero lo iba consiguiendo. Cuando acabé, le pedí a una auxiliar que atara la cuerda en lo alto del tobogán (que naturalmente, era corto y pequeño, pero para mí esa pequeña cima, era mi meta). Por supuesto, la auxiliar y el resto de profesoras me preguntaron qué iba a hacer, a lo que respondí: “Lo que hacen mis compis, pero con ayuda.”

¿Qué creéis que pasó? Efectivamente, poco a poco fui subiendo de rodillas aquel pequeño tobogán, agarrándome con fuerza a cada nudo que yo misma había hecho, hasta llegar arriba, mi cima. Con ese pequeño capricho de jugar como 2 de mis compañeros, fui aprendiendo que con esfuerzo e ilusión las cosas se pueden lograr. 

Es por ello, que debemos permitir que el niño, independientemente la discapacidad que tenga, juegue y explore, aunque sea moviendo los brazos libremente en una alfombra. Porque esa libertad favorecerá a su desarrollo y a la mejora de su calidad de vida.