Cuando a los padres no nos apetece jugar... ¿somos malos padres?

¿Debemos sentirnos culpables por no jugar con nuestros hijos?

Patricia Fernández
Patricia Fernández Redactora en Guiainfantil.com

- Mamááááá… ¿quieres jugar a las muñecas?

- ¡¡Horror!! - me digo yo para mis adentros - mmmm, es que tengo que pintar las uñas al gato… Pero, la verdad es que el gato se come las uñas y lo que pasa es que me una pereza tremenda sentarme en la mesa a tomar unos espaguetis de plastilina con un dragón de comodo de color rosa, un perro azul y un oso del tamaño de Wisconsin. ¿Seré una mala madre?...

Así, día a día, las madres y padres nos juzgamos y nos sentenciamos recriminándonos si deberíamos hacer las cosas de otra manera. Me torturo diciéndome que me queda poco tiempo para jugar con ellas, que dentro de poco les dará vergüenza ir de la mano conmigo por la calle, que debo exprimir cada segundo de mi vida como madre antes de que las eche de menos.

Nos han vendido y sabemos que debemos pasar tiempo con nuestros hijos, y encima de calidad, pero qué ¿qué pasa cuando a los padres no nos apetece jugar?

¿Qué pasa cuando a los padres no nos apetece jugar?

Cuando los padres no nos apetece jugar...¿somos malos padres?

El caso es que a mi no me importa hacer puzles, colorear en grupo, jugar a las cartas, hacer galletas, e incluso hacer de simpática tendera una vez por semana para mis pequeñas y exigentes clientas, pero me niego en rotundo a prestarme para hacer de perro al que pasean con correa, o hacer de madre dulce con las muñecas ¡que bastante tengo ya con mis dos mellizas para que me salgan hijos con pelo postizo!

Todos los estudios desvelan la importancia de jugar con los niños, de pasar tiempo de calidad con ellos, pero ¿para quién debe ser el tiempo de calidad, para ellas o para mi?

Yo comprendo que ellas deben tener buenos recuerdos de su infancia conmigo, pero todo tiene un límite, y a mi también me gustaría disfrutar de ellas de otra manera que teniéndome que arrastrar por el suelo con tres peluches sobre mi lomo.

Desde la comprensión de ser madre, también quiero reivindicar que las madres tenemos sentimientos, que estamos cansadas, y que a veces queremos estar solas, mirar como da vueltas la ropa dentro de la lavadora, e incluso ¡aburridas! (palabra inexistente en mi vocabulario) ¿Por qué debo sentirme culpable por no jugar con mis hijas?

Una ya hace un esfuerzo sobrehumano para superar el día sin que nadie sufra un trauma insuperable en casa, porque los calcetines no terminen colgados en la lámpara de la habitación, porque el hamster sea capaz de sobrevivir un día más a los ataques de amor de mis hijas, de que se hagan los deberes, de que se metan en la bañera sin hacer pis dentro, de intentar tener más paz interior que el Dalai Lama para que no me salga la vena del cuello a relucir cada vez que se tiran de los pelos por un lápiz, de inventar una nueva receta para que por fin el brócoli no termine en la basura… ¿de verdad también tengo que cantarle una nana a las muñecas? ¿y dónde he dejado yo mi yo? ¿Cuál es mi lugar en todo este maremagnum del día a día?

Para mí los momento de calidad con mis hijas, es cuando vienen y me masajean paseando sobre mi espalda sus caballos de juguete, cuando me cantan una canción desafiando cualquier oído mientras hago la cena, cuando me dan besos y abrazos calentitos al irse a la cama, cuando se duermen sobre mis rodillas en el sofá mientras vemos una película, e incluso, cuando se me agarran a las rodillas para que las consuele porque no saben dibujar la cola de un elefante… ¿Y esos momentos no cuentan?

¡Madres del mundo, quiero deciros que también tenemos derecho a sentirnos tristes, enfadadas, cansadas, a llorar, a reir, a llevar una pinza en la cabeza y estar feas, a hacer el ridículo llevando los calcetines por encima del pijama cuando hace frío, y a tener el culo caído! Somos humanas, no robots, y así nos deben ver nuestros hijos. Basta de madres perfectas ¡no lo somos, aunque lo intentemos!

Tomaré todas esas recomendaciones, técnicas, trucos, consejos y demás enseñanzas para que mis hijas tengan la mejor y más feliz infancia posible, pero ¡nunca, nunca, haré de unicornio herido recostado sobre la cama de mi gato. A eso me niego en rotundo!