Pasado, presente y futuro de niños en riesgo de exclusión social y personal

¿Por qué aumenta el número de niños menores que ingresa en centros de acogida?

Miguel Domínguez Palomares, Auxiliar técnico educativo
En este artículo
  1. En qué familias se dan casos de niños con riesgos de exclusión social 
  2. La vida de los niños en riesgo de exclusión social y personal 

Hay niños y niñas que, pese a su corta edad, han vivido experiencias que no les corresponden o se han visto en situaciones por las que nadie debería pasar nunca. También hay otros a los que se les ha consentido demasiado, se han encaramado al trono de hierro desde pequeños y su voluntad es servida en bandeja de plata a un precio demasiado alto. Para unos y otros, los actos y/o el pasado de sus padres hipotecan su futuro mientras su infancia se desarrolla con gente desconocida en viviendas tuteladas, familias de acogida o centros de menores, entregando SU INOCENCIA como único aval. Hablamos de los niños en riesgo de exclusión social y personal y cómo afrontan su futuro. 

En qué familias se dan casos de niños con riesgos de exclusión social 

familias desestructuradas

Cuando no hay más remedio que marcharse, cuando tienes que abandonar inesperadamente el lugar donde vives y te has criado, cuando lo dejas todo atrás y la despedida es un hecho, la única ilusión que te queda, quizá, sea poder llenar pronto ese vacío con la esperanza de un regreso.

Cuando esto te sucede con tres, seis u ocho años y no tienen en cuenta tu opinión, te marchas solo o acompañado de algún hermano a otra ciudad, dejando patas arriba tu infancia, observando a través de las lágrimas la brecha que se abre entre tú y tus seres queridos― los mismos que te han descuidado o sobreprotegido, maltratado o ignorado hasta sentirte abandonado― y quien te recibe al otro lado es gente extraña, entonces, solo entonces, la inocencia y la ignorancia propias de esa edad son las únicas razones que te permiten mantenerte cuerdo.

Diariamente demasiados menores se ven obligados a abandonar sus hogares a edades muy tempranas para ir a vivir a centros o viviendas tuteladas de menores. En estos recursos de la Administración los acogen y tutelan de manera temporal o definitiva, según los casos. Esto en ocasiones dependerá de la voluntad o las posibilidades de sus familias, y del trabajo que se pueda hacer con ellas para solucionar errores y reconducir una situación que a los menores les viene dada y que directamente, sin aviso, les convierte en víctimas. Todo estará determinado por esa voluntad y esas oportunidades para conseguir que los niños no se sientan 'almacenados'.

Son vidas quebradas nada más nacer, edificadas sobre cimientos de barro. La mayoría de sus padres tienen en común vidas desestructuradas por la droga, la delincuencia, el maltrato, el abandono o todas a la vez. Pero no solo en familias de bajo nivel sociocultural se dan estos casos.

Actualmente la sobreprotección que conlleva ofrecer la solución antes de que surja la necesidad, el exceso de trabajo de los padres que lleva consigo una inatención que se suple con horas de videojuegos, la falta de un 'no' a tiempo que marque los límites o la inversión de los roles en donde los deseos e intereses de los niños son los que se imponen al sentido común está haciendo que muchos padres con una situación socioeconómica 'normalizada' sean incapaces de guiar y educar a sus hijos, lo cual se ha convertido, en los últimos años, en una causa por la que los menores ingresan en estos centros.

Los menores crecen en este entorno y lo normalizan. Así quienes ven a sus padres ir todos los días a trabajar, ayudarse, respetarse y cuidarse lo asumen como normal, se puede correr el riesgo de que quienes los ven drogarse, delinquir o dando una paliza como discurso, también lo asuman como algo natural. Por otro lado los que han pasado de la cuna al trono y desde allí dirigen y manipulan, no quieren bajarse de él y no entienden por qué motivo deben hacerlo.

La vida de los niños en riesgo de exclusión social y personal 

riesgo de exclusión social

Llegan a estos lugares asustados, los reciben manos desconocidas, corazones neutros. Se les programa una vida ficticia, 'normal', en un hogar postizo y para evitar el riesgo social y personal que supone estar con sus familias, se les educa contra natura, tratando de eliminar vicios perennes que en casa eran la norma. Aquí se les ofrecen unas estructuras sociales normalizadas, se les aparta del peligro, se les da apoyo, cariño, se les escucha, se ayuda a formar a la persona, se ordenan las piezas del puzle pero, ¿cómo encajan estas piezas reordenadas en el rompecabezas de sus familias?

No hay que olvidar que algunos niños no quieren cartón piedra ni maquillaje para disimular su realidad, porque lo que son y han sido―en muchos casos― es lo que pretenden seguir siendo, y lo que se les ofrece en estas viviendas o bien no lo quieren, o solo son paños calientes incapaces de mitigar el desamparo que supone estar fuera de su familia.

Es la teoría del eterno retorno: los padres no supieron o no pudieron hacerlo y ahora son los hijos los que sufren las consecuencias. ¿Se actúa mal o sencillamente el problema es difícil de abarcar? ¿Habría que intervenir en la familia desde el núcleo, desde dentro, y siempre que se pueda, evitar el trauma y el daño irreparable que supone separar a los hijos de sus padres?

La solución es complicada, pero la realidad dice que hay muchos casos aún en los que, mientras los padres comparten celda, los hijos habitación en las viviendas tuteladas, y así continúa el ciclo.

Los que con suerte retornan con sus familias al cabo del tiempo porque la situación lo permite, suelen quedarse con una experiencia agria de su paso por estos recursos. En esta travesía han sido educados por un sinfín de personas con criterios estandarizados a los que, en ocasiones, de manera injusta y por desconocimiento, suelen hacer culpables de su situación. A su vez, si las condiciones laborales de los educadores no son las adecuadas, éstos abandonan el trabajo buscando una mejora laboral lo que provoca un trasiego de gente y una inestabilidad que no favorece que se creen los suficientes vínculos con los menores, tan necesitados de referentes estables.

Cuando no se materializa el regreso con la familia se producen reacciones que pueden ir desde 'arañar' el cariño de todo aquel que tienen cerca, hasta crear nudos firmes de sentimientos para protegerse de todo el que se acerca, pasando por aquellos otros que sustituyen la carencia de amor por cosas materiales que despistan su mente y la evaden. Al hacerse mayores, dentro de ellos ha dado tiempo a que fermente la desesperanza, el desengaño, y tal vez el odio, día a día, desilusión a desilusión. La inocencia y la ignorancia, entonces, dejan de ser razones para mantener la cordura y, a decir verdad, no les faltan motivos.

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