Cambio de planes. Cuento de Navidad para niños sobre la generosidad

Un cuento infantil que habla del valor de la generosidad para la Navidad con niños

Marisa Alonso Santamaría

¡Transmite el espíritu navideño a tus hijos con este bonito cuento infantil! En estas fiestas, hay que hablar con los niños sobre la solidaridad, la empatía, el altruismo... Y este cuento de Navidad para niños titulado "Cambio de planes" habla sobre la generosidad. Si quieres hacer reflexionar a tus pequeños, proponles leer esta bonita historia.

Cuento de Navidad para niños que habla sobre la generosidad

Este cuento de Navidad para niños habla sobre la generosidad

Era el día de Nochebuena y Carla y Daniel ya estaban preparados cuando sus padres les avisaron para salir de viaje hacia la casa de sus abuelos, a muchos kilómetros de allí. Iban a pasar las ansiadas vacaciones de Navidad con toda su familia.

En la carretera, un extraño ruido empezó a sonar repentinamente dentro del motor. Decidieron parar y buscar un taller para ver qué ocurría. Tuvieron suerte, y encontraron uno en la misma carretera, a la entrada de un pequeño pueblo. El mecánico, después de mirar detenidamente el motor, les informó de que no dispondría de la pieza de recambio necesaria para arreglar el coche hasta última hora de la tarde, y que era peligroso seguir el viaje en esas condiciones. Como un favor especial, les arreglaría el coche en la mañana de Navidad —dijo— y luego les explicó dónde estaba un pequeño hostal para pasar la noche.

Fueron a cenar pronto al albergue indicado, atendido por una amable señora. Tomaron una sopa caliente que les supo riquísima y después una carne asada deliciosa y un flan casero de postre.

Bien abrigados pasearon por el pueblo. Todo el mundo había salido a pesar del frío. Carla y Daniel iban aburridos protestando por la mala suerte de haber caído en ese pueblo tan pequeño, mientras  que sus padres, se tomaron el contratiempo con buen humor. En la plaza del pueblo encontraron un gran árbol de Navidad y un bonito nacimiento a la puerta de la iglesia. Jugaron con unos niños un buen rato y quedaron con ellos para jugar al día siguiente después de comer.

Asistieron a la misa de gallo, cantaron villancicos y fueron a adorar al niño Jesús. Y aunque lo pasaron muy bien, y vivieron la Nochebuena de una manera muy especial, todos echaron en falta a sus abuelos esa noche.

A la mañana siguiente fueron a dar un paseo por el campo y vieron cómo se aproximaba un rebaño de ovejas. El pastor alzó su garrote a modo de saludo. Llevaba un pequeño cordero en sus brazos y se lo dejó a Carla para que lo tomara en su regazo. Los hermanos se turnaron para dar un biberón al recién nacido. Aquel hombre les contó que todas sus ovejas tenían nombre y que la oveja negra se llamaba Estrella. Al corderito, aún sin nombre, le llamaron Lucero. Les enseñó que había cabras también en el rebaño, y les contó que los perros se llamaban Pipe y Pipo.

Pasearon luego por el pueblo en el que había un ambiente muy navideño, y pasaron la mañana muy entretenidos hasta la hora de comer.

— ¿Papa, podemos salir a jugar ya a la calle? — Dijo Daniel cuando había terminado su postre.

— No me gusta que estéis solos por ahí — dijo enseguida su madre.

— Aquí no corren ningún peligro, deje salir a los chiquillos — dijo guiñando un ojo a los pequeños la señora del hostal.

— Está bien, podéis salir un rato, pero no os alejéis — dijeron los padres.

— ¡Sííí! — gritaron contentos Carla y Daniel. Se abrigaron y salieron a la calle a buscar a Javier y Ana, los niños con los que habían quedado la noche anterior.

La generosidad de Carla y Daniel en Navidad

Eran unos niños de edades parecidas a las suyas. Javier tenía un largo flequillo que le tapaba los ojos y  grandes coloretes. Ana era la más pequeña, tenía el pelo rubio ondulado y unos bonitos ojos azules. La niña estaba tiritando por el frío.

— ¿Por qué no lleváis abrigos, no tenéis frío? — preguntó, asombrada Carla al rato.

— Es que no tenemos — dijo Javier con la mayor naturalidad.

Carla y Daniel se miraron incrédulos.

— ¿No tenéis abrigos? — dijeron a la vez.

Fue entonces cuando se fijaron en cómo iban vestidos. Los niños iban limpios, pero llevaban la ropa vieja y desgastada y sus zapatos estaban rotos.

— Tenemos esta ropa, — dijo Ana señalando su jersey — y otra por si nos ensuciamos. Mi padre no tiene trabajo y debemos cuidar lo poco que tenemos.

— ¡Ah! —dijeron los hermanos sin poderlo creer. Ellos tenían muchísima ropa en su armario y si se manchaba o se rompía, les compraban más sin ningún problema.

Estuvieron jugando un rato más, pero empezaba a nevar y se despidieron de sus amigos.

Entonces Daniel llevado por un impulso, se quitó el abrigo y dándoselo a Javier le dijo:

— ¡Pruébatelo! — Javier vio que le quedaba perfecto y le miró riendo y acariciando la prenda. Daniel también le dio el gorro, los guantes y la bufanda de lana.

Carla, imitando a su hermano, se quitó también el abrigo, los guantes y el gorro y se los puso a la pequeña que, aunque le quedaba un poco grande sonrió feliz, dejando de temblar por un momento.

— ¡Adióóós chicos! — se despidieron de nuevo — Nos vamos a pasar las vacaciones de Navidad con mis abuelos y corrieron al hostal en busca de sus padres a resguardarse del frío.

— ¡Ya salíamos a buscaros! — dijeron los padres en la puerta del hostal.

— ¿Dónde están vuestros abrigos? — preguntaron extrañados.

Carla y Daniel empezaron a contarles atropelladamente que habían conocido a unos niños que no tenían abrigos y les habían dado los suyos.

— ¡No tenían abrigos! — repitió Carla haciendo una mueca de dolor — ¡Ana tenía mucho frío! — insistió la pequeña, temiendo la reprimenda.

— Cuando suceda algo así, debéis avisarnos a nosotros — dijo su padre — ¡Menos mal que tenéis más ropa de abrigo en la maleta!

Y en lugar de regañarles como los niños temían, les abrazaron emocionados porque habían demostrado tener un gran corazón.

— Acaba de llamar el mecánico del taller — dijo el padre — el coche está listo.

Salieron del pueblo justo unos minutos antes de que llegaran Javier y Ana con su madre preguntando por ellos.

Estaban muy agradecidos de que les hubieran dado la ropa que tanta falta les hacía, y se quedaron callados mirando a la carretera con la vista perdida.

Después de contar todo lo ocurrido a sus abuelos y primos, Carla y Daniel se fueron a la cama muy cansados. Los dos niños sonrieron en la oscuridad antes de dormirse recordando a sus amigos, el biberón que habían dado a Lucero, el cordero recién nacido, y pensando en el divertido día que habían pasado en ese pequeño pueblo que al principio les había parecido tan aburrido. Siempre recordarían ese bonito día de Navidad porque había sido diferente.