La parte emocional de la fecundación in vitro

Cómo serán tus sentimientos durante el tratamiento in vitro

Tras dos años intentando quedarme embarazada, más otro año de un ligero tratamiento hormonal para controlar las ovulaciones, más tres intentos de inseminación artificial fallidos, dejan para el arrastre a cualquiera.

Intentaba que no se notase que me sentía preocupada y nerviosa, no quería venirme abajo porque sabía que todavía me quedaba una oportunidad “la fecundación in vitro”. ¡Esa tenía que ser la definitiva!

Te cuento los avatares emocionales por los que solemos pasar las mujeres hasta llegar a la fecundación in vitro.

La parte emocional de la fecundación in vitro

La parte emocional de la fecundación in vitro

Para seros sincera, nunca me sentí abatida, triste o derrotada. Aquello era una carrera de fondo en la que estaba dispuesta a llegar a la meta y triunfar, solo era cuestión de tiempo.

Cuando te encuentras a las puertas del in vitro ya has recorrido un duro camino, por lo que podríamos decir que entraba en la recta final, aunque como toda buena carrera de fondo, esta era la etapa más intensa por la que tenía que pasar; y si no salía bien ya no habría más oportunidades.

Para mi lo más duro de todo el proceso de varios tratamientos de fertilidad, que duró 5 años y que culminó con el embarazo de mis dos mellizas, fueron los tres primeros años.

Mi madre decía que se quedaba embarazada con mirar unos calzoncillos, así que yo imaginé que sería igual; pero lo cierto es que, tras dos años de intentos fallidos, en los que cada vez que me bajaba el periodo era un drama nacional, me rendí ante la evidencia que debía acudir al ginecólogo para tomar medidas.

Las medidas duraron 3 años más, en los que tampoco hubo resultados positivos en el test de embarazo: 8 meses de estimulación ovárica, 6 meses de inseminación artificial, un descanso y esperado el in vitro. Pero lo peor no era mi lucha interna contra la parte de mi mente que me imaginaba acunando al gato el resto de mi vida, sino la parte en la que debía incluir a mi pareja, porque estaba claro que esto era cosa de dos.

Cuando llevas todo un mes tomando hormonas para ovular, y llegan esos dos o tres días en los que te puedes quedar embarazada, resulta que él se pone enfermo, o le surge un viaje de negocios, o está apático totalmente por mucho que luzcas tu ropa interior de los sábados por la noche. Entonces es cuando surgen conversaciones de pareja nada agradables y que rompen la magia de la relación. La tensión se palpa en el ambiente, provocando el efecto contrario al que necesitas.

Lo cierto, es que cuando superamos esa etapa todo fue mucho más rodado y relajado para los dos. Había llegado el momento de la inseminación artificial y teníamos 3 oportunidades más antes de llegar al in vitro. Las agotamos todas, y una a una las fui sufriendo mientras miraba el test de embarazo negativo. Mi cabeza me decía “estás tranquila, ya llegará el momento, no te estreses”; y por otro lado, mis resultados en los análisis hormonales de sangre gritaban: “tienes la hormona del estrés (prolactina) más alta que el Kilimanjaro y si no baja no te vas a quedar embarazada”, así que me estresaba más por estar estresada.

¿Cómo me sentía? Pues en una montaña rusa. Había días en los que estaba en un looping cabeza abajo y con el aire contra la cara, es decir, muy sensible y nerviosa; y otros, en lo que estaba en la cima de la pendiente pensando “hoy es mi día, !vamos a por todas!”.

Las hormonas no me afectaron mucho anímicamente. Decían que experimentaría algunos cambios de humor, pero lo cierto es que no hubo más cambios de los que ya tenía normalmente, pero sé por amigas que esto no siempre es así.

El in vitro me dio una nueva esperanza. La ciencia suele triunfar en estos casos en los que la naturaleza se relaja, pero no podía olvidar que no tenía más oportunidades de ser madre biológica.

El proceso fue corto y sencillo, a penas un mes y medio muy intenso. Más hormonas, más pinchazos, una pequeña intervención para extraer los óvulos, un proceso laborioso en el laboratorio, y por fin, el momento del implante.

No hubo cena a la luz de las velas, ni baile de cortejo, fue en una camilla y en apenas media hora, pero tuve la oportunidad de ver en directo, a través de una ecografía, como depositaban a mis dos incipientes hijas con mucho cuidado en un rinconcito dentro de mí, algo que pocos pueden hacer. Y luego vino la espera más larga que he vivido nunca. Quince días de intentar notar algún cambio en mi cuerpo, por mínimo que fuera. Quince días de incertidumbre, de esperanza, de miedo, de no saltar, no ponerme nerviosa, de reír de llorar, de gritar, de silencio… hasta que no pude más, compré un test de embarazo en la farmacia y una mañana junto con mi pareja deposité todas mis esperanzas y nervios en aquel pis eterno.

¡Positivo, y de mellizas!, (lo de las mellizas lo supe después, claro)

Así que, si este es tu caso, te animo con todas mis fuerzas a no desesperar, porque si algún pensamiento me ayudó durante todo el proceso fue el de creer que ¡yo me iba a quedar embarazada!, lo que no sabía era cuándo… Solo era cuestión de tener paciencia.