Negociar las normas y los límites con los niños y adolescentes, ¿sí o no?

Llegar a un acuerdo con nuestros hijos sobre ciertas normas puede ser positivo para ambos

Gabriela Matienzo, Psicóloga infantil
En este artículo
  1. Por qué creo que hay que negociar normas y límites con los niños
  2. Pero no todas las normas son negociables

¿Debemos negociar las normas y los límites con los niños y los adolescentes o somos los padres quienes debemos dictarlos? Esta es una pregunta en la que difícilmente lograremos consenso… A los padres de hoy se les acusa frecuentemente de ser demasiado blandos en cuanto a normas y límites, dejando que sus hijos no sepan lo que es la frustración y que se vuelvan intolerantes y demandantes.

Continuamente se hacen referencias a aquellos tiempos 'mejores' en que los padres se mantenían firmes y no había espacio para la negociación. Pero la realidad es que no hay fórmulas mágicas ni recetas infalibles y que niños educados y maleducados los había antes y los hay ahora.

Por qué creo que hay que negociar normas y límites con los niños

Por qué negociar las normas y los límites con los niños

Aquellos padres de familia que consideran que no se deben negociar límites y normas, muchas veces piensan que al hacerlo sus hijos sentirán que se han salido con la suya y que ellos como padres estarán perdiendo el control de diversas situaciones lo que terminaría en un error de crianza.

Hace varios años, cuando mi hijo mayor tendría 8 años, veía la televisión en su cuarto mientras yo preparaba la cena. Cuando estuvo lista le llame para que viniera a la cocina; él muy despreocupado me respondió que le diera 5 minutos para que acabara su programa favorito. Yo me mantuve firme en mi orden y él insistía en que lo esperara un poco. Después se le ocurrió que podía llevar la cena al cuarto ya que mi punto básico era que se enfriaría… Yo cada vez más empoderada le respondí que no había forma, que apagara la televisión de inmediato y que lo quería en la cocina inmediatamente. Todo pasó, yo me enojé, él se enojó, la cena se enfrió y fue comida entre lágrimas y amargura…. Y resultó que al final tampoco me sentía tan triunfante como esperaba, aunque se había cumplido mi voluntad.

Después me pregunté qué tanto se hubiera alterado el destino si yo hubiese podido ser un poquito flexible y esperarlo, o bien dejarlo llevar la cena a la habitación por una vez y me di cuenta de que hubiera podido hacerlo con resultados favorables para los dos y sin ningún daño colateral. En vez de haber perdido el control, hubiera ganado su agradecimiento y seguro se hubiera esmerado después en lavarse los dientes sin que yo se lo hubiera pedido.

A partir de ese momento me hice mucho más consciente de que algunas normas y límites muchas veces pueden ser negociadas con ganancias para ambas partes y lo más importante sin pérdida de control parental. Por el contrario, soltar un poco, en la gran mayoría de las ocasiones, produce una respuesta más positiva y agradecida en nuestros hijos que cuando nos mostramos inamovibles y estrechos, especialmente en temas sencillos que no tendrían que generar una batalla.

En el caso particular de los adolescentes, sobra decir que hacerlo así, no solo es una opción, sino en muchas ocasiones una necesidad, ya no es posible usar el poder dictatorial sin generar resentimiento y probablemente conductas más complicadas de regular a largo plazo.

Pero no todas las normas son negociables

Es verdad que hay ciertos límites y normas que NO dan para negociación alguna como: los buenos modales, las faltas de respeto, la sensibilidad ante el otro, los pleitos entre hermanos, las agresiones físicas, el respeto a las cosas ajenas, el manejo del enojo, etc. (y obviamente aquellas que cada familia considere esenciales).

Sin embargo, la palabra clave es equilibrio y claridad para poder distinguir cuando podemos hacer excepciones sin consecuencias negativas y con ganancias secundarias razonables.

De modo que una de mis máximas cuando hablo con los padres es: 'en muchas ocasiones, aparentemente soltar el control, significa en el fondo, seguir teniéndolo, pero con mejores resultados'.

Tampoco, por supuesto, debemos caer en el extremo opuesto y hacer de cada norma o límite una negociación (aunque al final se cumpla) porque entonces sí se volvería una situación en que los hijos se vuelven amos, no desarrollan en absoluto tolerancia a la frustración y pueden empezar a pasar por alto lo verdaderamente importante.

Escojamos nuestras batallas, relajémonos un poco y determinemos en cada situación qué normas y límites pueden ajustarse un poco sin que la integridad ni la moralidad de nuestros hijos sufra ningún peligro.

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