Llito viaja a la Luna. Cuento para padres de niños con discapacidad motora

Este cuento te hará reflexionar sobre los niños con discapacidad motriz

Alejandro Écija
Alejandro Écija Maestro en audición y lenguaje

A veces nos olvidamos de que los niños con discapacidad son simplemente eso, niños. Etiquetar a los demás por su condición no es sano ni justo. Pero para hacerles entender a nuestros hijos esto, primero lo tenemos que comprender nosotros, los adultos. Para ello, os proponemos un cuento para padres que os ayudará a reflexionar sobre cómo tratamos a los niños independientemente de su condición personal, física o social. 

Esperamos llevaros a la luna con este cuento al igual que Llito, para el que la discapacidad motora de su mejor amigo no fue un obstáculo para llevarle cabalgando.

Cuento para padres de niños con discapacidad motora con el que reflexionarás

Un bonito cuento para padres de niños con discapacidad motórica

Cuando la mañana de mi quinto cumpleaños papá apareció por casa con Llito se me llenaron los ojos de lágrimas por la alegría de por fin tener uno en casa.

- ¡Le pondré Caballito! -  decía mientras saltaba de una esquina a otra de la casa.

Papá me explicó que a un caballo había que ponerle un nombre más original que “Caballito”, que era como si yo me llamara “personita”. Ahí fue cuando le puse el nombre a mi mejor amigo. ¡Y a él le hizo mucha ilusión porque cuando empecé a llamarlo así nos hicimos inseparables!

Me pasaba los días enteros queriendo salir del colegio para llegar a casa cuanto antes y así jugar con Llito. Los dos nos hicimos tan amigos que mi madre empezó a decir que no podía pasar tanto tiempo con él, que tenía que salir fuera de casa a hacer amigos. ¿Pero quién quiere un amigo si ya lo tiene? Para Llito y para mí, era suficiente.

Cuando una tarde de verano, ya teniendo 7 años, llegué a casa después de ir a comprar heno a la granja de al lado, me dijo mamá que Llito parecía lastimado. Corrí tan rápido para ir a buscarle que me caí por el camino haciéndome tanto daño que nunca volví a ser el mismo.

¡Ahora sí que se había liado una buena en casa! Tenías que vernos. Allí los dos enfermos, eso sí, él en su cuadra y yo en mi habitación.

Para suerte de todos a Llito no le ocurría nada importante, solamente se había clavado algo en las pezuñas que le molestaba para caminar; pero en cuanto el veterinario se hizo con ello, Llito vino a verme por la ventana de la habitación. Y allí, mientras yo estaba dormido, él se ponía a resoplar esperando a que un día me despertara.

Hasta que lo hice, me desperté.

Me desperté pero ya no sentía los dedos de mis pies mientras él los lamía. Lo sé porque vi su cara buscándome los deditos entre las sábanas. Así que cuando tiré de ellas y vi que chupaba mis pies como si fuera una de sus zanahorias favoritas, me di cuenta de todo. ¿Sabes? No soy tonto.

Pero tampoco me puse a llorar. No es verdad.

Mi mamá dice que soy fuerte. Yo no creo que lo sea. Soy como todos, con mis días mejores y peores. Pero mis ganas de soñar y mi ilusión por seguir adelante y seguir jugando con Llito, disfrutar de estar con él y de hacer las cosas como un niño más, me hacían dejar de lado todos aquellos pensamientos para simplemente centrarme en disfrutar con él.

Una noche, cuando el verano casi se acababa y los días empezaron a acortarse, mamá me dejó salir con Llito a ver las estrellas. Papá me había hecho un carro con el que ya habíamos probado salir al exterior. ¡Era tan divertido! ¡Como en las películas de carreras! Aunque eso sí, a mamá no le hacía ninguna gracia que le dijese a Llito que corriese más y más.

Esa noche viajamos a la Luna.

Viajamos en un cohete. Llito sabía que necesitaba salir de allí así que él fue mi guía, mi compañero. Él fue mis pies. Y casi por un momento pude sentir cómo volábamos en un cohete hacia la gran esfera plateada que cada noche nos acompaña allí, en el póster de luces que nos regala el cielo.

Me encantó saber que podía seguir haciendo cualquier cosa que cualquier otro niño querría.

Ojalá todos entendierais como yo entiendo y como yo siento. Sé que no volveré a correr con mis pies, porque ahora mis pies, son los de Llito.

Hoy la brisa recorre un noche de verano más la pradera de casa.

Hoy sé que puedo viajar de nuevo a la Luna cuando quiera. No hay límites.

Solo mi amigo y yo. Ah bueno, ¡y la luna!”.