Lo que ocurre cuando educamos a las niñas como a princesas

Las consecuencias de educar a las niñas como princesas

Patricia Fernández
Patricia Fernández Redactora en Guiainfantil.com

Nunca me gustó que me llamaran princesa porque, para mi, yo era mucho más. ¿Qué querían decir cuando me llamaban princesa exactamente? Pensaba yo con apenas 10 años, ¿se referían a que era guapa, o a que no servía para nada más que para sonreir?

Es cierto que las princesas de hoy día no son como las de los cuentos, pero también lo es que, cuando llamamos a una niña princesa, estamos marcando un estereotipo de mujer muy limitado a nuestras niñas.

¿Has pensado alguna vez lo que ocurre cuando educamos a las niñas para ser princesas?

Lo que pasa cuando educamos a las niñas como princesas

Lo que ocurre cuando educamos a las niñas como a princesas

Es muy normal que como apelativo cariñoso llamemos a nuestras hijas “princesas”, no hay maldad en ello, simplemente queremos dejar claro la importancia de esa niña en el reino de nuestra casa. Sin embargo, el estereotipo que nuestras hijas tienen de las princesas está distorsionado y se limita a los dones que la naturaleza literaria a dotado a las princesas de los cuentos desde hace siglos.

Decir princesa es evocar los cuentos del siglo XVIII, aquel momento en el que las princesas eran bellas adolescentes dulces, de carácter maleable y dócil, y cuyos valores más apreciados era ser obedientes, guapas, hacendosas, sonreir mucho, cantar bien y sobretodo, dejarse llevar por el amor de un hombre.

Este era el modelo inculcado en los cuentos populares tradicionales como los de los hermanos Grimm, y que la factoría Disney se encargó de ensalzar hasta hace poco. Menos mal que, ya en pleno siglo XXI, se dieron cuenta de que ese prototipo de mujer estaba pasado de moda, y decidieron hacer nuevas princesas que eructaban, luchaban, e incluso que no se querían casar, todo un despropósito para aquellos tiempos.

Sin embargo, y para desgracia de nuestros hijos, el prototipo reinante cuando uno habla de una princesa, sigue siendo el de esas niñas tiernas e inocentes sin apenas voluntad, vamos, lo que se denomina comúnmente como una mujer florero.

¿Queremos realmente que ese sea el estereotipo de mujer que nuestras hijas persigan en su vida? Particularmente yo me resisto a creer que mis hijas solo sirven para hilar con una rueca o para hacer pasteles de cumpleaños de color rosa. Yo quiero que mis hijas sean astronautas, presidentas del gobierno, o amas de casa por decisión propia, pero nada que la sociedad les haya impuesto.

Tampoco quiero que busquen el amor romántico sobre todas las cosas porque, si no lo consiguen, sé que nunca serán felices, además estas conductas en las niñas fomentan el machismo y, en un futuro, un posible maltrato, ya que las niñas parten de una supuesta posición de inferioridad y sumisión; ni siquiera quiero que busquen su media naranja, yo quiero que sepan que ellas, en sí mismas, son la naranja entera.

Como mujer y madre de hijas me resisto a criar a mis hijas como a princesas que no pueden hacer nada porque se les rompe una uña, o se les ensucia el vestido. Las princesas son caprichosas y niñas mimadas, y yo quiero que mis hijas sean intrépidas, que no tengan ataduras ni estén sujetas a convencionalismos, que sean como ellas quieran sin limitaciones ni estereotipos, es decir que sean verdaderamente libres, en la medida de lo posible dentro de esta sociedad, que ya solo con eso, lo tienen realmente difícil.