La cueva de las luciérnagas. Cuento para niños sobre las rabietas

Pautas para interpretar el cuento infantil y afrontar las rabietas de un niño con autismo

Alejandro Écija
Alejandro Écija Maestro en audición y lenguaje

Las rabietas de los niños pueden resultar desesperantes para muchos padres. Cuando los niños se enfadan, se sienten muy frustrados porque aún no saben cómo manejar emociones como la rabia o la ira. Es habitual que reaccionen pataleando o llorando desesperadamente. Poco a poco, los niños deben ir aprendiendo a controlar estos impulsos y los padres les podemos ayudar. Esta situación es aún más complicada cuando se trata de niños con autismo. 

Leer un cuento para niños en familia es la mejor excusa para sacar temas de conversación sobre los que le querrías hacer reflexionar. Esta historia titulada "La cueva de las luciérnagas", que trata sobre el periplo en barca de Max dentro de una cueva muy oscura, es una excelente herramienta pedagógica. 

Te invitamos a disfrutar del cuento y, a continuación, te proponemos unas pautas para leerlo e interpretarlo en caso de tener un niño con autismo. Esta lectura te sugerirá nuevas formas para afrontar e intervenir una rabieta de tu hijo. 

Cuento para niños sobre las rabietas infantiles

La cueva de las luciérnagas es un bonito cuento infantil sobre las rabietas

La barca había llegado demasiado lejos.

Sin saberlo, Max se había metido en un buen lío. De repente estaba en una cueva casi totalmente a oscuras, intentado sobreponerse al susto de haberse perdido y al pánico que le daban aquellos ruidos que se escuchaban por todos lados.

Max estaba paralizado, no podía pensar. Pero cada vez el bullicio se hacía más y más fuerte, convirtiéndose en un ruido cada vez más ensordecedor. Era agobiante y asfixiante. Y claro, Max ya tenía bastante con intentar ver algo en la cueva para no chocarse, como para ahora también estar pendiente de aquellos gritos.

De repente, la cueva pareció expandirse hasta el infinito aunque Max no lo supo. Solo pudo intuirlo ya que la poca luminosidad que llegaba de la entrada ya no cubría la zona donde ahora estaba él. Así que volver sobre sus pasos no estaba dentro de sus posibilidades. 

En la cabeza de Max ya no había más capacidad para entender lo que estaba pasando, sin embargo, prestando toda la atención que podía, en algunas ocasiones le parecía entender algunas palabras entre aquel extraño estruendo que había en la cueva. Parecían como órdenes, algo así como si alguien le dijese lo que tiene que hacer. Al menos el tono que usaba la cueva para dirigirse a él no era muy amable y aunque eso fuera lo único que podía entender, Max sabía perfectamente que estaba metido en un buen lío. 

Así que se agobió; y se agobió tanto que no estalló en respuesta a la confusión que sentía. La confusión le llevó a sentir mucha rabia por no comprender lo que pasaba. Y la rabia, bueno, la rabia no pudo controlarla y lo llevó de la mano hasta la ira, donde Max ya no pudo controlar lo que pasaba.

De repente, sin darse cuenta, Max se encontraba tirado en la barca pataleando, haciendo que todo a su alrededor se moviera y que las cosas se pusieran aún más feas. Con la rabieta derivada del miedo, Max estaba golpeando a la barca más y más, haciendo que se tambaleara de una forma muy peligrosa, incluso él mismo se estaba haciendo daño. La cosa se estaba poniendo bien fea.

Así que entre lágrimas, gritos y pataleos, Max perdió todo el control que tenía sobre sí mismo. No sabía que hacía allí ni qué le estaba murmurando la cueva. ¿Qué quería de él?

Las luciérnagas calmaron la rabieta de Max

Así que de la nada y sin esperarlo empezaron a aparecer unos puntos brillantes delante de él. No eran al principio más que eso, puntos brillantes esparcidos por un rincón de la cueva. Luego, cuando empezaron a moverse, a Max le parecieron más y más grandes y luminosos. Tanto fue así que en cuestión de unos segundos el niño de tan solo 7 años se calmó completamente al fijar su atención en aquello.

Al extender su mano para intentar alcanzar las luces, una de ellas se posó en su mano, y luego otra, y luego otra… Así fue como Max se dio cuenta de que aquellas luces eran luciérnagas, y ninguna de ellas parecía querer irse. Todo lo contrario, las luciérnagas empezaron a ponerse todas en los bordes de la cueva, como si quisieran marcar el camino hacia la salida. Así que el niño entendió perfectamente cómo iba a poder salir de allí. Se limpió las lágrimas con la camiseta y, cogiendo los remos de la barca, comenzó a poner orden a aquel desastre de día.

Las luciérnagas, que cada vez eran más, comenzaron a brillar más y más fuerte. Tanto brillaron que Max comenzó a ver no solamente las paredes de la cueva, sino la salida. Así que el pequeño remó con fuerza hasta ver la luz del sol entrar por la boca del agujero donde se había metido.

Ya fuera de la gruta, Max miró hacia atrás dejando a las luciérnagas dentro de la cueva en la completa oscuridad. Pero una de ellas se acercó a él pareciendo brillar aún más que el sol. Max sonrió, no sabía cómo había llegado allí ni lo que la cueva le quería decir, pero ahora ya sabía que nunca más sentiría miedo cuando no comprendiera una situación, pues esta luciérnaga se había metido dentro de su mochila, pareciendo querer quedarse con él para siempre. Por si algún día se volvía a meter en un lío.

Pautas para interpretar el cuento y afrontar una rabieta de un niño con autismo

Antes de comenzar a exponer algunas premisas que iré dando para afrontar una rabieta que puede darse en niños y niñas con autismo, he de decir que esta información también puede usarse para intervenir en patologías, trastornos y discapacidades de otro tipo, especialmente en aquellas que están asociadas de alguna forma a áreas como la cognitiva, el lenguaje y la conducta del propio niño.

Además, iré haciendo pequeñas referencias al cuento de “La cueva de las luciérnagas” en el cual me he basado para reflejar algunas cosas que me han parecido importantes a tener en cuenta si nuestro hijo o alumno tiene una rabieta donde tú como padre/madre o profesional tienes que intervenir.

1. No dejes que llegue demasiado lejos.
El cuento comienza con “la barca había llegado demasiado lejos”. A menudo no intervenimos hasta que las cosas “se han salido de madre” y ya la vuelta atrás es más compleja. Si sabemos que nuestro hijo o alumno puede llegar a tener conductas desadaptadas o rabietas, es mejor controlarlas antes de que lleguen y desviar la situación, ya que normalmente todos llegamos a sufrir con este tipo de conductas, especialmente la familia y el propio niño.

2. Afrontando las hiper o hipo sensibilidades.
Es en este fragmento en el que el cuento dice “intentando sobreponerse al susto de haberse perdido y al pánico de aquellos ruidos” donde podemos ver cómo se hace una referencia a aquellas sensibilidades tanto por defecto como por exceso (hipo o hiper sensibilidades) que en ocasiones no se encuentran reguladas en las personas con autismo.

Si sabes que el niño suele sufrir con ruidos, sabores, texturas, etc. te invito a que los trabajes previamente y de forma progresiva haciendo pequeños simulacros y aproximaciones para que luego podáis afrontar de manera diferente las situaciones reales.

3. No hables demasiado al niño y nunca le grites echándole la culpa de lo que está ocurriendo.
A menudo me encuentro con padres y madres así, como con profesionales, que hablan más de lo que su hijo puede entenderles, por lo que las palabras empiezan a llenar huecos en la cabeza del niño. Esto produce en él una sensación de desconcierto que suele acabar aumentando la sensación de impotencia. Como consecuencia, a menudo, incrementan las conductas desadaptadas en la cabeza del niño.

Para ello es mejor siempre comunicarse oralmente con la cantidad de palabras que el niño pueda emitir más una. Por ejemplo, si nuestro hijo es capaz de hacer frases sencillas de dos elementos como sería “quiero pan”, nunca le digas “siéntate porque estás castigado, no se tiran las cosas al suelo”. Esto no es que pueda ser demasiado para él, es que simplemente lo es. Primero da la orden. Tómate un tiempo para que la ejecute y se siente, luego apoya visualmente y gestualmente que desapruebas el gesto de tirar del pelo de una forma sencilla “no, no no, enfadado” y mientras enseñas un dibujo de “tirar del pelo” puedes introducir un gesto natural o expresión facial propia de una persona enfadada. 

4. ¿Consolar o reforzar una llamada de atención?
A menudo veo como padres y compañeros reforzamos llamadas de atención o conductas en nuestros hijos e hijas, así como en nuestros alumnos. Pero, tranquilos, al principio no es fácil saber si están intentando chantajearnos con algunas conductas.

Si, por ejemplo, la rabieta surge por algo que no quiere hacer o sobre algo que se ha acabado y quiere más, es probable que se dispare una conducta más o menos desadaptada (puede ir desde tirar un vaso a suelo a agredir a una persona o autoagredirse) que debemos de tener presente para desaprobar y reconducir. Si además el niño mira al adulto cuando la está haciendo, probablemente no es que esté buscando su aprobación; ya sabe que está mal. Lo que intenta es buscar su reacción. Pero tranquilo, es un pulso. En la medida que te sea posible no lo mires (o míralo de reojo por si pudiera exponerse a algún peligro). Si lo miras, lo hablas, o lo que es peor, si te saca de tus casillas, estarás reforzando la conducta.

Si por otra parte el niño está teniendo ansiedad o estrés por una situación que no sabe controlar, como es el caso de Max en el cuento, antes de que surja la conducta deberás darle el contacto físico y comprensión que el niño necesita. Y si la conducta ya ha aparecido, deberás primero reconducirla, y una vez calmado, explicarle de forma sencilla que lo comprendes primero, que no se hace segundo, y lo que esperas de él por último. Prueba a realizarle algún dibujo sencillo mientras se lo explicas.

5. Dale los apoyos necesarios a tu hijo
Es frecuente, como en ocasiones nos olvidamos, que no todos estamos preparados para poder comprender las cosas con las mismas palabras. Si el médico que te atiende te explica las cosas de forma muy técnica quizás no te enteres, ¿verdad? En ocasiones nosotros somos esos médicos que explicamos a nuestros hijos y alumnos o alumnas las cosas de forma demasiado compleja. Como ya hemos dicho previamente, intenta usar las palabras necesarias, ni más, ni menos.

También presta atención a los apoyos que podemos darles para que nos comprendan mejor. No te olvides de poner en práctica todo lo que hayas aprendido en algún curso de teatro que hayas dado. El tono de voz, la expresión facial, los gestos naturales o signos de la lengua de signos que tu hijo o hija comprendan… Todo puede ser un apoyo que él o ella necesite para facilitarle la comprensión sobre lo que queremos decirle. A veces una imagen vale más que mil palabras, y en el caso de las personas con autismo es así siempre.