Ser pareja, ser papá y ser hombre. Una difícil batalla

Convertirse en papá y sentirse la última prioridad en la familia

"¡Mamá es mía!" La primera sorpresa la tuve cuando fuimos mi mujer y yo a comprar una camiseta para mí a un centro comercial y Elena, que entonces tendría dos años y medio, tuvo una rabieta y se negó a entrar en la tienda. Yo le insistí a mi mujer que no la hiciera caso y que entráramos de todos modos. Quería saber su opinión sobre el color, si me quedaba bien... pero fue una petición que cayó en saco roto, porque Elena no dejaba de enrabietarse cada vez más. Yo insistía en que la niña tenía que aprender a no salirse con la suya cada vez que lloraba, pero la frase de Lidia, mi mujer, fue tajante: ¡Qué egoísta eres! 

Sólo es un ejemplo que muestra cómo crear un cóctel perfecto en el que ser pareja, ser papá y ser hombre se mezclen sin dejar de ser la prioridad de tus hijas y tu esposa, es un logro... ¿inalcanzable?

La difícil tarea de ser pareja, ser papá y ser hombre sin sentirse relegado

Ser pareja, ser papá y ser hombre

Desde que nació Elena habíamos debido aprender a convivir en pareja con una nueva personita que demandaba toda nuestra atención. Debimos establecer nuevos hábitos, nuevas rutinas, todo en función de aquel ser maravilloso que había llegado para alegrarnos la vida.

Según fue creciendo Elena, nos convertimos en un trío perfecto en el que cada uno iba asumiendo su nuevo papel. Lidia se fue metamorfoseando en una madre atenta y cariñosa; Elena, en nuestro punto de atención por sus ocurrencias de niña pequeña; y yo, en el poli malo de la película que casi siempre decía NO a cualquier cosa que pudiera romper desde mi punto de vista la armonía familiar. Lo confieso: demasiados programas de Supernany han hecho mella en mi. 

Tan bien parecía haber encajado todo que nos decidimos a buscar la cuadratura de la felicidad. Al cabo de nueve meses nacía Ana, que no solo trajo una hermanita a Elena sino también más demanda de atención maternal. Lo sé: todos los bebés son iguales, todos los bebés quieren estar con su madre todo el tiempo, todos los bebés pasan de sus padres... Pero lo que no sabía era que ser padre significaba resignación. Resignarse a ser la última de las prioridades para tu pareja. Lo confieso también: nuestros sueldos son normales, vivimos en un barrio periférico de Madrid, en un casa normal. ¿Y qué implica tanta normalidad? Entre otras cosas, no poder salir a cenar un sábado por la noche cuando te apetece. Sí, están los abuelos. Pero en nuestro caso, nuestro ocio no entra en su lista de prioridades a la hora de cuidar de sus nietos. 

La segunda vez que he sido consciente de la situación ha sido hace poco, con Ana con dos años y medio y Elena cumplidos ya los seis. En un momento en que la pequeña estaba distraída con sus juguetes, la mayor se acercó a su madre con sigilo en busca de alguna caricia. Pero en cuanto Ana se dio cuenta de que el amor de su madre se podía dividir, comenzó la guerra entre hermanas para determinar el territorio. ¡Mamá es mía! Se gritaban casi al unísono. Y fue cuando entonces yo me pregunté mirando un poco atónito la escena. Si mamá es de ellas, ¿entonces yo a quién tengo?

¿Quién dijo que ser padre era una de las cosas más bonitas de la vida? Si asumes que vas a convertirte en la tercera persona a la que tu mujer va a poder hacer caso hasta el momento en que se acuesten las niñas, y que para cuando llegue ese momento ya vas a estar tan cansado, al igual que ella, que el máximo edredoning que te va apetecer hacer es envolverte en él para dormir... Si asumes que a los padres de hoy en día se nos piden cosas de nuestra generación, como no gritar a los niños cuando hacen algo mal porque les podría crear un complejo de algún tipo, saber romper la monotonía y el aburrimiento con nuevos juegos para entretenerlos y aprenderse de memoria todos los manuales de pediatría e inteligencia emocional para converger en el caos... 

Si asumes todo eso, sí, ser padre es algo fantástico, pero a los hombres de nuestra generación, no nos han enseñado nada de eso y vivimos entre dos mundos, el de nuestros padres, que no entendían mucho de emociones, y el de nuestros hijos, que nos demandan que seamos un emocionario andante para comprenderles continuamente. Y asumir sobre todo que nuestra relación de pareja ya no será la misma que cuando éramos novios, en una etapa de la historia de la evolución de la masculinidad en la que pasamos de ser un macho alfa a un metrosexual converso en menos de lo que dura el llanto de un niño.

Me siento como un padre en vías de extinción sin que ningún científico se haya interesado por nuestra especie.

Autor: Ángel Alonso Ruiz