Escalofriante relato de una mujer que sufre violencia obstétrica

Heridas y cicatrices que permanecen en la mujer tras NO haber tenido un parto respetado

Patry Herrera
Patry Herrera Doula y psicopedagoga perinatal

La violencia obstetricia existió, existe y espero que en algún momento desaparezca de las salas de parto. El testimonio que en este artículo te presentamos es una muestra de esta triste realidad. Ocurrió hace ya unos años pero en el corazón y la cabeza de esta mujer sigue aún muy vivo. Cuesta leerlo, pero es necesario: escalofriante relato de una mujer que sufre violencia obstétrica.

Testimonio de una mujer que sufre violencia obstétrica y a la que no se le respeta el parto

violencia obstétrica

9 de noviembre de 1993. Alrededor de las 11 de la mañana me reuní con la partera. Había tenido contracciones esporádicas durante toda la noche. Era el día. Por fin iba a nacer mi primer hijo.

La alegría se transformó en dolor y el dolor en incertidumbre y confusión. Todo fue una gran y continua intervención médica sin explicación alguna. Una vía en mi brazo con el 'goteo' por el que me pasaban hormona sintética. Las contracciones comenzaron a ser cada vez más potentes. Los tactos continuos derivaron en la rotura manual de la bolsa de líquido amniótico. ¿Por qué? Nadie me lo explicó.

En la siguiente escena que recuerdo estaba recostada en la camilla de la sala de partos, en posición totalmente horizontal (litotomía) con el monitoreo fetal apretado a mi panza, molesto y doloroso, y un desfile de personas a mi alrededor hablando sobre sus vidas cotidianas. La noción del tiempo dentro de la sala era muy borrosa... De repente me vi perdida en una nube de anestesia epidural, sin fuerzas ni para respirar... No tenía noción de mis piernas, de mi intimidad, ni de lo que estaban haciendo allí... A medida que las horas pasaban, el dolor aparecía y la dosis de anestesia aumentaba.

Estaba inmersa en un griterío de gente que me daba órdenes de pujar, lo cual era sumamente absurdo e imposible para mí por la posición en la que estaba y por la debilidad producida por la anestesia. '¡Pujá!', '¡Espera!', '¡Descansa!', '¡Ahí viene otra contracción!'... Ellos sabían más de mi cuerpo que yo misma. Era un robot sin experiencia tratando de obedecer.

'¡Ya viene! ¡Ya viene!'... Y, de repente, me quedé sin aire... El codo y toda la humanidad de un médico presionaron con fuerza la boca de mi estómago para ayudar a que el bebé pudiera nacer (maniobra de Kristeller). Eran las 6 de la tarde. Supongo entonces que fue él y no yo, quien parió a mi hijo.

Han pasado 27 años... y todavía siento el dolor de no haberme dado cuenta de nada de lo que pasó ese 9 de noviembre de 1993 entre el mediodía y las 6 de la tarde. De no haber sido protagonista del nacimiento de mi hijo. En posición horizontal, totalmente drogada, sedienta y exhausta de sueño y debilidad... Así fue mi primer parto.

Tenía 23 años y en ese momento pensé que todo se trataba de eso: el nacimiento era con epidural para no sentir nada literalmente, con la certeza de que se trata de un acto médico en el que la mujer solo debe obedecer, con la vulnerabilidad de sentirme intervenida y manipulada en mi intimidad. Pequeños maltratos o abusos mayúsculos. La violencia obstétrica existe, por más que algunos se empeñen en ocultarla.

Las heridas que quedan tras vivir un episodio de violencia obstétrica durante el parto

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El grado de dolor psíquico o el trauma que pasar por una situación de violencia obstétrica provoca es completamente subjetivo, es decir, va a depender no de la situación en sí misma, sino de la percepción de la mujer, de sus expectativas, de sus vivencias durante el proceso perinatal y de su personalidad. Si ella se sintió violentada, la herida queda. Una cicatriz guardada en alguna capa de la consciencia.

Si tenemos en cuenta que el momento del parto es un escenario de gran vulnerabilidad emocional y física para la mujer, donde el contexto neurobiológico y fisiológico está preparado para recibir y anidar al bebé, se puede comprender que todo lo que allí se vivencia y también durante las primeras horas del puerperio, quedará grabado fuertemente en la memoria de la madre para siempre.

Las consecuencias de la violencia obstétrica se despliegan en un gran abanico que van desde la frustración y el dolor hasta el síndrome de estrés postraumático, cuando la madre haya sentido que su vida o la de su hijo corrían peligro, desencadenando así emociones como miedo extremo, horror o indefensión.

Se manifiesta en el recuerdo constante del parto mediante flashbacks o pesadillas muy vívidas e irritantes. También puede afectar el vínculo con su bebé recién nacido y, en consecuencia, la lactancia, sintiéndose extrañas o ausentes de la realidad. Se comprobó además, que el trauma podría interferir profundamente en la sexualidad y en la relación de pareja.

Se observa, sin embargo, una gran necesidad de hablar sobre lo vivido como un intento de comprenderlo, de elaborarlo, y un profundo deseo de que otras mujeres no tengan que pasar por lo mismo. Al igual que la depresión postparto, este tipo de sufrimiento psíquico está sub-diagnosticado, es decir, en general no se lo detecta y, por lo tanto, tampoco hay un tratamiento adecuado, permitiendo que los síntomas se instalen, persistan o se reactiven en el próximo embarazo.

Si bien hay verdaderas complicaciones obstétricas en las que los profesionales de la salud intervienen eficientemente salvando vidas, hay otras situaciones que tienen su origen en intervenciones innecesarias y  desaconsejadas como la maniobra de Kristeller de la que fui víctima. Otras veces se produce un trato inadecuado hacia la madre y una falta de empatía que afecta su proceso neurofisiológico, es decir, 'la cascada neurohormonal' tan importante y necesaria para el normal desarrollo del parto.

Para ayudar a la mujer a recuperarse de un parto traumático, atravesado por cualquier forma de violencia obstétrica, es importante escucharla, respetar sus tiempos y que pueda reconstruir la historia de su parto con el sostén y la información médica necesaria.

Solo así podrá empezar a sanar su herida, lo que no significa que desaparezca, sino que se convierta en motor de crecimiento, de empoderamiento personal y en un factor que ayude a ordenar las prioridades en la vida, a poder resignificarla, a abrazarla y a continuar el camino con más fortaleza. Hagamos entre todos que los nacimientos sean mágicos, protegidos y maravillosos porque como dice el maestro Michel Odent 'para cambiar el mundo hay que cambiar la forma de nacer'.

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