El castillo de irás y no volverás. Cuento para niños

Cuentos infantiles populares de aventuras que transmiten valores

Los cuentos de aventuras avivan la imaginación de los niños. Pero además de aventuras, este tipo de cuentos también transmiten muchos valores, que tienen que ver con el esfuerzo, la sinceridad y la consecución de los sueños.

En este caso, 'El castillo de irás y no volverás', es un cuento popular que habla de valentía, astucia y amor. 

El castillo de irás y no volverás, cuento de aventuras para niños

Caballero en torre de castillo

En un hermoso pueblo al lado del mar vivía un pescador con su mujer. Eran ya mayores y no tenían hijos. Sólo se tenían el uno al otro. Todas las mañanas, muy temprano, el hombre salía de su casa para ir a pescar. Un día, cuando llegó al mar, lanzó la red al agua y al sacarla, vio que un pez muy grande se había quedado atrapado en ella. Cuando vio al pescador, el pez asustado le dijo:

- ¡No me lleves a tu casa, por favor! ¡Devuélveme otra vez al agua!

Y el pescador le respondió:

- Lo siento, pero no puedo devolverte al agua. Mi mujer y yo no tenemos dinero para comprar comida y lo único que podemos comer es lo que pesco cada día.

- De acuerdo –contestó el pez-. Puedes llevarme a tu casa, pero cuando terminéis de comer, tienes que recoger todas las espinas menos dos, y guardarlas bien durante quince días. Entonces irás al lugar en el que hayas guardado las espinas y encontrarás a dos niños que deberás cuidar como si fueran hijos tuyos. Para protegerlos, cuélgales las otras dos espinas al cuello, y así nunca podrá pasarles nada malo.

Y así lo hizo. El pescador guardó dos espinas detrás de unos árboles que había en los alrededores. A los quince días, volvió a aquel lugar como había prometido al pez y se encontró con dos bebés preciosos, tan iguales entre sí que parecían uno solo. El pescador lleno de alegría llevó a los niños hasta su casa y allí, su mujer y él los cuidaron como si fueran sus propios hijos.

Los años fueron pasando y los niños crecieron. Sus padres eran ya muy viejos y no podían trabajar. Una noche, mientras el pescador y la mujer dormían, uno de los hermanos le dijo al otro:

- Esta noche saldré de casa a buscar un lugar mejor para todos. Toma esta pequeña botella llena de agua. Llévala siempre contigo. Si el agua cambia de color es porque algo malo me ha sucedido, de modo que sal enseguida a buscarme.

El joven hermano se guardó un cuchillo para protegerse de los peligros de la noche y salió de su casa en busca de un lugar mejor. Anduvo durante muchos días a través de un bosque sin encontrar nada hasta que una noche, mientras se preparaba para descansar un poco, en medio de la oscuridad pudo distinguir unas luces de pueblo en el horizonte.

Aunque estaba cansado, decidió llegar esa misma noche hasta el pueblo. No había caminado unos minutos cuando se encontró con unos leñadores que volvían a sus casas y les preguntó si sabían qué pueblo era el que se veía desde ese lugar.

- Es un pueblo muy rico – le explicó un leñador-, pero nadie puede entrar ni salir. Antes de llegar hay en el bosque un monstruo de siete cabezas que controla la única entrada del pueblo. Así protege al pueblo de todos los peligros, pero a cambio, todos los años ese monstruo se lleva a la joven más guapa del pueblo, y este año se llevará a la hija del rey, que ha prometido que si alguien mata al monstruo antes de que se lleve a su hija, podrá casarse con ella.

El chico pensó durante unos instantes. Había encontrado la solución a sus problemas. Se despidió de los leñadores y corrió hacia la puerta del pueblo a buscar al monstruo de las siete cabezas. Cuando faltaban unos metros para llegar a la entrada del pueblo, de entre la oscuridad del bosque apareció un monstruo gigante con siete cabezas, que le atrapó con sus garras dispuesto a matarlo. El joven no podía hacer nada; el monstruo lo tenía atrapado.

Por un momento creyó que había perdido la lucha, pero de pronto recordó algo que le había dicho su padre cuando era pequeño. Con mucho esfuerzo, acercó una mano a su cuello y allí encontró la espina que le protegería. Agarró la espina con fuerza y se la clavó al monstruo, que cayó al suelo sin vida mientras daba un grito estremecedor.

El muchacho, aunque estaba agotado de la lucha, cortó las siete lenguas de las siete cabezas del monstruo para llevárselas al rey y poder así casarse con su hija.

Así que decidió andar un poco más y buscar un lugar seguro para dormir hasta la mañana siguiente, en que iría a ver al rey y llevarle las siete lenguas.Pero cuando llegó a las puertas del castillo recibió una gran sorpresa: no podía ver al rey porque durante la noche, un leñador había matado al monstruo y le había llevado las siete cabezas, y la boda entre la hija del rey y el leñador se estaba celebrando en el castillo en ese momento.

El joven no podía quedarse sin hacer nada: tenía que ver al rey y contarle la verdad. Dio una vuelta alrededor del castillo en busca de la sala en la que se estaba celebrando la boda y cuando la localizó, trepó por el muro del castillo y de un salto, entró por una ventana.

- Arrestadle – dijo el rey.

- No majestad, espere – replicó el muchacho-. La boda no puede celebrarse. El leñador es un farsante.

- Habla – ordenó el rey- ¿Cómo puedes probar que lo que dices es cierto? 

- Anoche, yo mismo maté al monstruo. Como prueba de que lo que digo es cierto traigo aquí sus siete lenguas. Esto significa que yo lo maté antes de que el leñador con su hacha cortase las cabezas del monstruo. Comprobad si las cabezas que trajo el leñador tienen lengua o no.

El rey, tras ver que lo que decía el chico era cierto, mandó expulsar del pueblo al leñador inmediatamente y casó a su hija y al hijo del pescador ese mismo día, como había prometido. Los recién casados disfrutaron del banquete y de una gran fiesta. El chico estaba feliz. Ahora podría volver a su casa a buscar a su familia para que vivieran todos en aquel maravilloso pueblo.

La fiesta terminó y la hija del rey acompañó al joven a su habitación. Cuando llegaron, el chico se asomó a la ventana para respirar el aire fresco de aquel lugar y vio a lo lejos un castillo rodeado de unas extrañas luces.

- ¿Qué es aquello? – preguntó a la hija del rey.

- Es el castillo de irás y no volverás – respondió la princesa-. Allí vive una vieja y malvada hechicera. Todos los que van, desaparecen. Nadie sabe qué sucede, pero ninguno de los que han ido a capturar a la bruja ha conseguido volver. Mi padre ha prometido regalar el castillo y todas las tierras que lo rodean al que consiga acabar con ella.

Entonces el chico tuvo una idea. Esperó a que la princesa se quedara dormida y salió del castillo en silencio. Se montó en el caballo más veloz del rey y con una lanza se dirigió a toda prisa hacia el castillo de la bruja. Cuando llegó, vio a cientos de hombres tumbados en el suelo sumidos en un profundo sueño. Mientras los intentaba despertar para que le ayudaran a acabar con la bruja, ésta, desde una ventana, le lanzó su poderoso polvo del sueño y se quedó dormido junto a los demás.

En ese momento, su hermano, que nunca se había separado de la botella que le había dado cuando se marchó, vio cómo el agua iba cambiando de color. Preocupado, salió de casa y cruzó sin descanso el bosque durante varios días y varias noches hasta llegar al pueblo.

Era ya muy tarde cuando la princesa, que estaba asomada a la ventana de la habitación para ver si volvía su amado, vio llegar al hermano cansado del viaje. Bajó a buscarlo creyendo que era su amado, pues los dos se parecían mucho.

- Te he echado mucho de menos – dijo la princesa-. ¿Dónde has estado este tiempo?

Él, que no quería preocupar a la princesa, le respondió:

- He ido a ayudar a mi hermano porque estaba en problemas.

La hija del rey, más tranquila, acompañó al que creía su marido a la habitación. Al llegar a la ventana, el hermano preguntó a la princesa:

- ¿Qué es aquel castillo que se ve desde aquí?

- Te dije que es el castillo de irás y no volverás. No vayas, por favor, me da mucho miedo la malvada hechicera que vive allí.

El chico comprendió dónde podría estar su hermano. Cuando la princesa se durmió, salió de la habitación en silencio, y corrió con un caballo hasta el castillo de la bruja.

Al llegar, vio a su hermano dormido en el suelo. Se bajó del caballo para despertarlo, pero mientras lo intentaba, la bruja, que vigilaba todo desde una ventana, le lanzó su poderoso polvo del sueño. Algo iba mal para la bruja: el chico no se dormía. Le lanzó más y más polvo pero no tenía efecto. Entonces, la bruja completamente encolerizada se lanzó desde la ventana hacia el joven y agarró con sus feas manos el cuello del chico para acabar con su vida.

Él sentía que ya no tenía aire e intentaba quitar las manos de la bruja de su cuello, cuando, de pronto, tocó la espina que llevaba colgada y recordó las palabras de su padre. Con fuerza, clavó la espina en una mano de la bruja, que se quedó paralizada.

Después, en un segundo, su horrible figura se convirtió en un humo negro, desapareciendo así para siempre. El sol empezaba a salir y todos los hombres que estaban dormidos alrededor del castillo de la bruja empezaron a despertarse.

Cuando todos se despertaron, dieron las gracias al nuevo héroe por salvarles del hechizo de la bruja y lo llevaron a hombros hasta el castillo del rey. Allí, el rey y la princesa salieron a recibirlos.

La princesa, al ver que su amado no era uno, sino dos, y que además venían acompañados de todos los valientes que intentaron desde hace años acabar con la bruja, pidió una explicación.

Los dos hermanos le contaron toda la historia, y el rey, muy contento por el valor que había mostrado el muchacho al haber derrotado a la bruja, mandó ir a buscar a sus padres y les regaló, como había prometido, el castillo para que vivieran tranquilos el resto de su vida.

El hijo que se había casado con la princesa vivió feliz junto a ella, y muchos años después se convertiría en el rey del lugar. El nuevo rey tendría siempre como consejero a su hermano, del que nunca volvería a separarse.

Cuento popular para niños.