Hubo un tiempo en el que no había coronavirus

Los retos que la cuarentena plantean a las familias

Cristina de Arespacochaga

Tras varios días (y van por semanas) parece que esta realidad de permanecer en casa en confinamiento se ha instalado en nuestras vidas como si se tratase de una nuestra nueva rutina, pero no es así. Hubo un tiempo... ¡en el que no había coronavirus! Queremos compartir contigo la preciosa reflexión que Cristina de Arespacochaga, psicóloga de GoodyHelp, ha escrito para Guiainfantil.com, además se sumarnos a su iniciativa #coronastopmiedo.

La vida de niños y padres antes de la cuarentena 

nuestra vida sin coronavirus

Hubo una vez un tiempo donde las mañanas eran un caos, donde el reloj apretaba y los gritos de '¡Corre que llegamos tarde!' se repetían como un mantra, donde los niños se tiraban la leche encima, seguro que adrede para muchos de nosotros/as (nótese el sarcasmo) para darle más emoción al hecho de poder salir de casa sanos y salvos.

Hubo una vez estrés, atascos, extraescolares… ¿qué era eso? Eran aquellas actividades que en conjunto costaban más dinero al mes de lo que nos gastábamos por niño y niña en su cuota mensual escolar, creyendo que necesitaban más estimulación, más deporte, más entretenimiento y llegar más cansados al final del día.

Hubo una vez un tiempo, donde por las tardes aparecía de nuevo el maldito reloj, las prisas y la carrera por llegar a la cama a tiempo, después de haber tomado una cena muy healthy, lavarse los dientes a gritos para que no escupieran fuera del lavabo y por último un cuento ni muy corto ni muy largo, lo justo, porque después venía el 'quiero agua' y 'quiero pis'…

Existió en ese tiempo, parejas que no hablaban, parejas que solo eran padres y/o madres, que según se acostaban los niños, caían después deslomadas en sus camas, para reponer fuerzas, ya que al día siguiente, comenzarían las carreras de nuevo.

En ese tiempo, nos molestaban los contratiempos, los cambios de planes, que uno de nuestros hijos se pusiera malo nos descolocaba esa reunión que no podía esperar. Las eternas peleas de hermanos nos sacaban de quicio… ¡Por Dios! ¡Si tienen de todo! ¿Qué quieren ahora? ¡No veis que estoy ocupada y tengo tanto que hacer! ¡Qué tiempos aquellos!

Aprender a ser familia, el gran reto que nos presenta el coronavirus 

tiempo en el coronavirus

Pero de repente un día, algo más minúsculo que una mota de polvo y más agresivo que una manada de elefantes corriendo, paralizó el mundo. Paralizó el reloj, paralizó el calendario, las reuniones, las extraescolares… paralizó la carrera.

De pronto, hubo que aprender a vivir en familia 24h al día, sin salir de casa y sin contar con apoyos, hubo que aprender a sacar el trabajo a distancia a la vez que se prepara la comida, hubo que aprender a 'hacer de profesores de nuestros hijos', hubo que aprender a ir despacio y a no tener prisa. No tener prisa precisamente para llenar los días.

Apareció la pareja como compañera, como apoyo, para poder turnarse y poder ir sacando poco a poco el trabajo de cada uno y una,… surgió el equipo y le hicimos un hueco al amor.

Apareció la necesidad de crear un pequeño horario o rutina donde sí o sí se contemplen los juegos mesa, las pelis con palomitas… surgió el tiempo en familia. 

Empezamos a notar que los niños nos pedían más estimulación y que no podíamos atenderla siempre…apareció el aburrimiento, y con él la creatividad y las grandes ideas.

Apareció el no poder ir todos los días al supermercado a comprar comida, por lo que  había que comerse las sobras y explicarles a los niños que no se puede tirar la comida… surgió la alimentación saludable. 

Aparecieron emociones en los niños de tristeza, miedo y enfado (antes estaban por supuesto), pero no había tiempo de atenderlas, porque siempre llegábamos tarde… Surgió el acompañamiento emocional a los niños, donde nos sentábamos y con toda la paciencia y tiempo del mundo, esperábamos a poder darles un abrazo para reconfortarles. De este acompañamiento se reforzó el apego seguro. 

Apareció la tristeza en el adulto también, en enfado y la frustración, y al no poder escapar de ella, surgió la necesidad del autocontrol emocional. 

Vimos que era imprescindible de repente cuidarnos y sacar tiempo personal para nosotros para poder tener más paciencia con los niños, y empezamos a hacer ejercicio en casa, a bailar, leer, darnos un baño relajante, dormir alguna siesta, etc., y apareció el autocuidado. 

Empezamos a observar más a nuestros hijos en cómo juegan, empezamos a fijarnos más en sus gustos, en su forma de resolver conflictos, en cómo se expresan, y nos gustó. Surgió la conexión con ellos/ellas y el amor aumentó. 

Desde luego aquellos tiempos de carrera eran geniales, pero lo que apareció después nos hizo mejores padres, mejores madres y mejores personas. Desde luego nuestros/as hijos/as así lo notaron.

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