La auténtica razón por la que no podemos recordar nuestra primera infancia

Los motivos por los que no recordamos nuestros primeros años de vida

Alba Caraballo Folgado

Dicen que a la edad de 6 meses adquirimos más conocimientos que en el resto de nuestra vida y, sin embargo, ¿recuerdas algo de ese momento? La memoria, esa vieja traicionera, es una fuerza poderosa que, sin embargo, no es capaz de mostrarnos los recuerdos más antiguos, pero, ¿por qué? ¿por qué no podemos recordar nuestra primera infancia? 

Por qué olvidamos nuestra primera infancia

Recordar la primera infancia

Hagamos un ejercicio, echa atrás en el tiempo y piensa en el recuerdo más antiguo que tengas. El mío es en preescolar, jugaba con mi amiga Cristina y le dije “me he hecho caca encima, pero no se lo digas a nadie”. Instantes después aparecieron Antonio 1, Antonio 2 y Paco. Mi amiga Cristina, por supuesto, se lo contó. Yo entonces tenía 3 años y supongo que aquel bochorno hizo que ese recuerdo quedara instalado para siempre en mi memoria.

Sin embargo, poco más recuerdo de la primera infancia, y en ocasiones, dudo si son recuerdos o las fotos de aquella época han generado recuerdos como imágenes. O quizás mi madre me contó tantas veces aquel maravilloso verano en la playa cuando tenía 5 años que yo he generado esos recuerdos.

Sea como fuere, los recuerdos se desvanecen, se van escapando poco a poco, quedan perdidos u olvidados en algún lugar de la memoria. ¿Por qué olvidamos nuestros primeros años de la infancia? Échale la culpa a la amnesia infantil.

Amnesia infantil o la incapacidad para recordar la infancia

La amnesia infantil es la incapacidad que tenemos los adultos para rescatar los recuerdos anteriores a la edad de 3 años y medio aunque algunos no recuerdan nada hasta la edad de 6 años.

Por supuesto, la memoria ha sido objeto de investigaciones que, siguen manteniendo en la incógnita más absoluta mucha cosas, pero han logrado aclarar otras. Estas son las que se han aclarado.

Al nacer, el cerebro de un bebé contiene cerca de 86 millones de neuronas. Con toda esta capacidad neuronal, absorben información como si de esponjas se tratara y su cerebro es capaz de formar entre 700 y 1000 conexiones sinápticas por segundo. Esto es una auténtica hazaña en el aprendizaje. Sin embargo, esta súper capacidad nace y muere en este período de la vida.

Paul Frankland y su equipo ha realizado algunas de las investigaciones más conocidas sobre el funcionamiento de la memoria. Ellos realizaron múltiples experimentos con ratones que venían a explicar que lo aprendido en la etapa de bebé comienza a desaparecer en un período breve de tiempo, mientras que lo que aprendes de adulto no se olvida.

Frankland tiene una teoría que afirma que nuestros recuerdos no se desvanecen ni desaparecen, sino que cambian y se hacen más inaccesibles. En definitiva, todos esos momentos de la infancia están ahí, almacenados en algún lugar de la memoria, pero han desaparecido las conexiones que nos permiten acceder a ellos. 

Otros expertos en la memoria dicen que de bebés no tenemos la capacidad mental necesaria para formar recuerdos duraderos. Los bebés pueden aprender y adquirir habilidades pero no pueden recordar cuál fue el proceso por el que la aprendieron.

En conclusión, todos nuestros momentos estimulando a nuestros hijos, haciendo juegos de aprendizaje, aplicando métodos de aquí y de allí para que aprendan más y mejor, viajando, enseñándoles, son geniales porque alimentan su aprendizaje pero… ¡jamás lo recordarán!

Quién sabe, en esta era tecnológica terminen inventando algo que nos permita recordar a nuestros abuelos jugando con nosotros, a nuestra madre contándonos un cuento antes de dormir o a nuestro padre enseñándonos a caminar. Estoy convencida de que hay quien pagaría por ello.